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Relatos

 

 

 

EL ESPÍRITU DE LA MÁQUINA

 

 

El origen de todo el saber está en el placer y en el juego. Si nuestros antepasados no hubieran encontrado más cómodo acarrear sus pertenencias en un carro que a brazo, no se hubiera producido el descubrimiento de la rueda.

Los filósofos y matemáticos clásicos eran en realidad unos señores ociosos que se divertían deduciendo teoremas, que luego han resultando trascendentales para la humanidad, mientras comían uvas tumbados en un diván y disfrutaban de la contemplación lo mismo de una mujer hermosa que de un efebo.

Todo ese saber no se perdió en la noche de los tiempos gracias a la labor de los musulmanes de Al-Andalus, como Averroes, los cuales tenían un concepto de la vida igual de epicúreo, levemente matizado por el estoicismo: disfruta de la vida y aprende.

Una variante más tardía heredera de esas corrientes es la del “beatus ille”, de Gonzalo de Berceo por ejemplo, puesto que esta corriente preconizaba ya entonces la vuelta a la Naturaleza, a su contemplación, como fuente de toda sabiduría y por ende de placer.

Lamentablemente, como nos cuenta Camilo J. Cela en su prólogo a una colección de novela picaresca española editada por el Círculo de Lectores, tanto el pícaro español de los siglos XVI y XVII como el hidalgo de la época comparten un mismo ideal: todo menos trabajar, que eso es cosa de judíos y herejes, un castigo divino que han de soportar, para ganarse la vida, las clases más desfavorecidas. Y con esta concepción la ciencia emigra de nuestros lares hasta cuando menos los intentos de algunos hombres de la Ilustración. Poco después Larra diría aquello de que “escribir en España es llorar”. Y etc.

 

El “homo sapiens” actual busca en el desarrollo tecnológico una mayor calidad de vida; en suma más placer. Y si como afirma Manuel Vicent la única misión seria que ha encomendado la Naturaleza a los hombres es la de transmitir sus genes, desde luego no hay labor más agradable, sin cuyo desarrollo desde un primitivismo animal no tendríamos ciencias tan importantes como la de la seducción o determinado erotismo fino, que es la base del sentimiento o la química de lo que llamamos amor.

Por otra parte muchas de las leyes de la física constituyen genuinos principios filosóficos y sociológicos, de los cuales en una sociedad democrática se extraen las normas que permiten la convivencia. Las normas se expresan en palabras; las mismas herramientas del lenguaje que nos hace libres para acordar, mediante su uso dialogado, la paz y libertad necesarias para convivir y desarrollarnos.

Las palabras son el espíritu y el mecanismo interno de la máquina social libre. Y la libertad es, en fin, el espacio de la creación, el ingenio, el desarrollo y la prosperidad de los pueblos.

 

Aniceto Valverde Conesa

 

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