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Relatos

LA LIBERTAD DE LA PALABRA

Enero 2008

Aunque es un hecho en el que raras veces reparamos o al que no damos suficiente importancia nuestras vidas están llenas de palabras. Hay quienes se dedican a coleccionarlas como si fueran raros ejemplares filatélicos. Y poniendo unas detrás de otras han escrito las más bellas páginas contando historias, expresando sentimientos o incluso transcribiendo noticias, pues las palabras no sólo admiten los linderos de los libros, esas a veces cuidadas ediciones de magníficas encuadernaciones y suaves lomos que ponen sus títulos y que recorremos con el dedo índice buscando entre los que reposan en los anaqueles aquél que hace ya tantos años entró a formar parte indisoluble de nuestra vida, sino que también gustan de posarse en el quebradizo papel de prensa y últimamente en las fosforescentes pantallas de los ordenadores sobre las que forman hiladas de hormigas que transportan la información a veces al frenético ritmo que saben imprimirle unos ágiles dedos claqueando sobre el teclado, o al que en ocasiones somos capaces de leer al mismo diabólico ritmo con el que cambian los contenidos de una página web.

Reinventar la realidad y transmitir el pensamiento ha sido siempre una de las necesidades básicas de los hombres, seguramente pareja al propio instinto de conservación de la especie y como éste una lucha que se gana y se pierde al mismo tiempo: parece inútil luchar contra la muerte y al mismo tiempo y sin lugar a dudas éste el principal motivo de la vida y para que ella continúe en nuestros hijos.

Inventar mundos fue una capacidad muy valorada durante la Antigüedad de manera que al que la poseía, yo diría que al que desarrollaba esta capacidad que todos tenemos «de fábrica», se le daba el mismo tratamiento de «divino» que a los emperadores o gobernantes, y se ha demostrado a lo largo de la historia que el ejercicio de ese poder de fabulación es sin duda más sano: no tiene efectos secundarios o colaterales a diferencia del que se basa en las relaciones de dominación de unos hombres sobre otros, y aun puede que sea una vacuna contra los excesos de éste, y si no ¿qué es eso de la ‘opinión pública'?

El uso de la palabra contiene en sí mismo toda la libertad de que una persona puede disfrutar, siempre que se quiera usar y no tener miedo de la responsabilidad que ser libre lleva implícita. Desde luego uno es dueño de lo que calla: la prudencia y discreción a veces imponen el silencio. Pero en lo demás callar puede ser un acto de egoismo o de miedo a la libertad, tal y como ocurre muchas veces en la ambigua realidad actual. "La historia es el esfuerso del espíritu para conseguir la libertad", decía Hegel. ¿Habría que cambiar la frase y decir que esa historia es la lucha para conseguir la comodidad? Para no saber, para no opinar; en definitiva, para no ser responsable.

Me parece que esa actitud supone la represión del instinto natural que tiende a dejar constancia de la propia existencia de cada cual. Incluso la represión total nunca es posible: cada vez que hacemos un plan nos representamos la situación que anhelamos, inventamos esa futura realidad, como cuando se proyecta o investiga. No se puede dejar de soñar, ni de hacerlo «hacia delante» que es imaginar. Y eso es, por esencia, libre.


 

Aviso legal | © Aniceto Valverde Conesa. Cartagena. España. 2007