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Relatos

Esta sección está dedicada a la opinión. Unas veces se manifestará como editorial y en otras, las más, en forma de Tribuna Libre. Todos estáis invitados a usar este espacio y también a opinar y, en su caso, replicar las opiniones que se formulen.

 

QUIS NECAVIT EQUITEM

[«¿Quién mató al caballo (o al caballero)»]

Una composición fotográfica inspirada en la novela La tabla de Flandes, de Arturo Pérez-Reverte

 

«En realidad conocía ya el contenido del sobre. O, como descubrió más tarde, creía conocerlo. Quizás por eso no sintió nada especial hasta que extrajo las copias fotográficas y las extendió sobre la mesa (…) Fue entonces cuando comprendió que La partida de ajedrez (una tabla flamenca del siglo XV) iba a ser algo más que una simple rutina profesional. En su oficio menudeaban los hallazgos insospechados (…) Seis años restaurando obras de arte incluían una larga experiencia (…) incluso [en] falsificaciones. Pero nunca, hasta aquel día, una inscripción oculta bajo la pintura de un cuadro: tres palabras desveladas por la fotografía de rayos X. [Quis necavit equitem]» (La tabla de Flandes, Arturo Pérez-Reverte, Alfaguara, 1991.) QuisNecavit
La composición que he realizado se inspira en esta novela y se inserta aquí a modo de ilustración.

El ajedrez ha sido siempre un motivo literario y pictórico de gran calado. No sólo por las leyendas sobre sus orígenes, las más de las cuales sitúan su precedente en un juego bélico hindú llamado Chaturanga (“Enciclopedia visual del Ajedrez”, pág. 15, Ed. Planeta, 1995), sino también porque es una mezcla extraordinaria de  juego y ciencia que da pábulo –para bien- a toda una suerte de especulaciones que a su vez alimentan hasta a la imaginación más pobre a poco que se acerque a la teoría y/o práctica del ajedrez.
El ajedrez es ciencia y no sólo técnica. He terminado de comprobar este extremo puesto que para llevar a cabo el montaje me ha venido mucho mejor utilizar técnicas de dibujo vectorial; es decir que la mayoría de las formas que aparecen en la escena son trazados realizados con la herramienta pluma (“pen tool”, dice Photoshop,  que en realidad funciona como los antiguos tiralíneas) más que selecciones basadas en píxeles (colores…)

Mis disculpas por la digresión. Continuo. La técnica se aprende a fuerza de practicarla. La ciencia es, como el arte, un asunto de inspiración; aunque cuanto más se practique mejor, como es obvio; que te pille trabajando, se afirma. Y, por qué no decirlo, esa intuición alimenta, a su vez, las manías, las obsesiones y las excentricidades de que siempre han hecho gala casi todos y no sólo sus más notorios practicantes.

Aparte de La tabla de Flandes, me vino a la memoria otra novela cuyo leit motiv es igualmente el ajedrez (sin duda habrá otras muchas y hasta puede que las haya leído.) Se trata de La torre herida por el rayo, obra del no menos excéntrico escritor Fernando Arrabal (Círculo de Lectores –por cortesía de Ediciones Destino-, 1983.)

Precede a la novela la siguiente –digamos- definición de El Tarot:
«La imagen presenta una torre semiderruida por un rayo que cae sobre ella en la parte superior (cabeza). Esta torre es la columna del poder. Los ladrillos son de color carne para ratificar que se trata de una construcción viviente, imagen del ser humano. El naipe expresa el peligro al que conduce todo exceso de seguridad en sí mismo, y su consecuencia: el orgullo. Megalomanía, persecución de quimeras y estrecho dogmatismo son los contextos del símbolo.»

 

En la página 11 dice Arrabal de uno de los jugadores protagonistas de su novela que, además de otras manías y obsesiones que le adornan hay que sumar la de «…Y los quince segundos restantes [los emplea el ajedrecista antes del inicio exacto de la partida] en acomodar las figuras y los peones (perfectamente dispuestos ya según las reglas del ajedrez sobre el tablero) a su norma mágica o, como diría Tarsis [el oponente], a sus exigentes caprichos de asesino: cada uno de los dieciséis trebejos tiene que ocupar el centro riguroso, al milímetro de su casilla; los caballos con sus cabezas alineadas hacia él (¿adorándole?)…»

Una última cuestión sobre la composición fotográfica que acompaña a estas torpes palabras: a la figura del Rey le he aplicado un degradado que es una de las muchas técnicas de la fotografía (o pintura fotográfica) digital de nuestro tiempo. De esta manera la pieza no es ni negra ni blanca (como se dice del vino que trae la Asunción...) Creo que –aun cuando la posición de los caballos es muy peculiar-  se puede demostrar por medio de la ciencia-ajedrecista que, según el color al que torne el Rey, las piezas del mismo tono pierden si les toca jugar a las contrarias. Me explico: si el Rey termina de convertirse en blanco el que juega con blancas seguro que pierde. Como en la vida misma.

 

© Aniceto Valverde. Marzo, 2013.

 

 

 

 

 

 

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