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Relatos

Esta sección está dedicada a la opinión. Unas veces se manifestará como editorial y en otras, las más, en forma de Tribuna Libre. Todos estáis invitados a usar este espacio y también a opinar y, en su caso, replicar las opiniones que se formulen.

 

 

 

 

 

Apuntes sobre la deuda pública

 

 

  por Ángel Rafael Martínez Lorente

 

Ángel Rafael Martínez Lorente es catedrático de Economía de la Empresa en la Universidad Politécnica de Cartagena. Por eso él dice -en un rasgo de humildad- que quizás no sea la persona más competente para hablar del tema propuesto; pero uno cree que sí aunque su ámbito de conocimiento se circunsriba más a la empresa -quizás a la microeconomía- que a la macroeconomía. Pero él sabe expresarse, tiene las ideas claras, como el lector podrá comprobar enseguida. Y no existe compartimente estancos en el saber.

 

Por otra parte, actualmente desempeña el cargo de Vicerrector de Profesorado e Innovación Docente en la Universidad Politécnica de Cartagena, lo que no es de extrañar por su conocida y apreciada implicación en los temas que afectan a las condiciones de los docentes de la Institución

 

Hace ya más de un año que el debate sobre la deuda y el déficit públicos se ha posicionado en el centro de la discusión política y ciudadana. Los vientos políticos y mediáticos dominantes nos dicen que hay que reducir el déficit y evitar que se dispare la deuda pública, pues de lo contrario no conseguiremos que los mercados financieros nos compren dicha deuda y tendremos que pagar intereses desorbitados por la que podamos colocar. Incluso se nos dice que reduciendo dicho déficit se liberarán fondos monetarios que irán a parar a las empresas, con lo que de esta forma se generará empleo. Sin embargo, algunas voces, premios nobel entre ellas (Krugman, Stiglitz), claman advirtiendo de que reducir el gasto público en plena crisis no hará más que acentuar la propia crisis y defienden argumentos keynesianistas que plantean la necesidad de que el Estado incurra en déficit cuando la economía privada se contrae. En este debate, aunque yo me posiciono en el segundo grupo, he de decir que soy contrario al mantenimiento de deudas públicas en el largo plazo. Por razones de técnica económica y por razones de ideología. Veamos:

•  ¿Quién se beneficia de los intereses de la deuda? Bancos y ricos. ¿Quién los paga? Todos con los impuestos. Por tanto, la deuda pública es una transferencia de rentas del conjunto de la población hacia los ricos y, desde mi punto de vista izquierdista, debería de evitarse siempre que fuera posible.

•  ¿Es posible evitar tener deuda pública? No. Cuando se prevé que los gastos públicos van a ser superiores a los ingresos, hay tres formas de resolver el problema. Una, la liberal, reducir los gastos. Otra, la de centro, incrementar la deuda. La tercera, incrementar los ingresos con subidas de impuestos. Las últimas medidas del Sr. Rajoy utilizan las tres formas a la vez. Yo voto por ser prudente en los gastos pero no rechazar el subir los impuestos. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando las previsiones resultan erróneas (cosa muy común en economía)? En ese caso, si los ingresos son inferiores a los previstos, o los gastos superiores, está justificado acudir a la deuda pública pues no es posible aumentar los impuestos a tiempo para pagar los gastos. Pensemos en el terremoto de Lorca. ¿Estaría justificado aumentar la deuda pública para atender a ese hecho imprevisto? Parece claro que sí.

•  ¿Sólo es válida la deuda pública para cubrir imprevistos? No. También lo es para evitar que nos la peguemos muy fuerte en tiempos de crisis. Cuando se producen éstas, hay dos razones para acudir a la deuda pública. La primera, técnica, lo que defendía Keynes, usar el gasto público para animar la economía y, una vez animada ésta, reducir ese gasto público. La segunda, humanitaria. Los seres humanos necesitamos comer todos los días y no podemos esperar a que repunten los mercados.

•  ¿Pero no decía yo que no había que tener deuda pública? ¿Me he liado? No, lo que no hay que hacer es tenerla en el largo plazo. ¿Qué significa esto? Pues que cuando la economía crece a tasas razonables, entonces no hay que aumentarla sino disminuirla, de forma que, a ser posible, sea antes de la próxima crisis. En ese sentido, la última reforma de nuestra constitución creo que va por buen camino.

 

 

 

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