cabecera 
Relatos

 

 

 

BAJO EL SOL ARDIENTE

 

Ocurrió en tiempo remotos, muy, muy lejanos, cuando el diálogo entre los dioses y los hombres era tan fluido como las aguas del nacimiento de los ríos. Era tan remota esa edad, esa época, que nuestra memoria jamás hubiera podido alcanzar a recordarla; nunca hubiera tenido conocimiento de su existencia dado que los recuerdos sólo se construyen a base de lo que uno ha vivido o de la vida que ha hurtado a otras personas a las que ha espiado sigilosamente a través de las palabras que dejaron escritas. Serán ellos, los seres robados, los que se esconderán detrás de esos símbolos, entre las líneas de las páginas que antes fueron de un blanco níveo, o en las imágenes grabadas en nuestra retina de espectadores de películas.

Aunque no hace tanto tiempo de aquellos sucesos, podrían parecer, por lo remotos, que hubieran coincidido -si no en la edad, sí que en la similitud- con la leyenda de otro guerrero que se llamaba Gilmamés o Gilmamesh, conocido también como ‘el inmortal', cuando ya corría el año 2650 a . C.

Ni de una ni de otras hubiéramos tenido noticias a no ser porque quedaron petrificadas no sólo en las tablillas de arcilla (en caracteres cuneiformes como el Poema de Gilgamés) o en las inscripciones grabadas con esos pequeños cinceles que llamamos buriles -herramientas manejadas por las hábiles manos de los que no sabían empuñar las espadas ni las lanzas ni otras armas- o en amarillentos (del color de la cera antigua) pergaminos de letra miniada que contenían su crónica, sino también porque quedaron fijadas de la misma forma indeleble en las tradiciones orales de los pueblos, casi siempre en la mente de los ancianos, cuya voz profunda y grave las fueron repitiendo, entonadas como cánticos y advertencias. Hablaban y hablaban, las repetían una y otra vez con tanta fuerza, con tanta expresividad como únicamente pueden hacerlo quienes ya sólo ven a través de los ojos del alma y nunca más con aquellos otros que, tiempo atrás, bailaban en sus cuévanos vacíos, con la curiosidad con la que los niños contemplan siempre el mundo, sin la incertidumbre sobre el futuro que empieza a anidar en las personas con la madurez.

 

Sí, puede que aquel anciano con el que se encontró el guerrero victorioso tras la masacre y que le contó esta historia fuera tan ciego físicamente como los auténticos y antiguos narradores.

Estaba sentado sobre un túmulo, un montículo de arena como si fuera una tumba más de las que el ejército victorioso, capitaneado por aquel formidable guerrero, estuviera erigiendo para sus muertos, sólo los suyos. Pero este pedazo de tierra en forma de ampolla o dureza de la piel terrosa se alzaba unos metros sobre el resto a modo de promontorio desde el que el viejo pareciera otear un desastre más en su vida. Se mantenía erguido por sí mismo, por la fuerza que aún debía conservar en los músculos de su espalda, pues la rama seca de higuera que se abría en forma de “y”, como una horca en su parte superior , se hubiera quebrado a poco que el viejo la hubiera intentado usar de bastón o muleta. Más bien parecía un adorno, un postizo con el que únicamente pretendiera realzar una suerte de prestancia, un símbolo de su autoridad moral y quizás de su sabiduría.

- ¿No tienes miedo de que te mate? –dijo el guerrero victorioso. Era consciente de que el viejo sabía perfectamente lo que había pasado y lo que a él le podía igualmente ocurrir , aun cuando sólo fuera (pensaría el soldado capitán) por el olor de la sangre fresca que todavía goteaba de su espada o incluso por el sonido del aterrizaje tempranero de los buitres.

- Yo fui una vez como tú –comenzó a hablar el viejo para total asombro y desconcierto del guerrero. Su cuerpo, más sabio que él, ordenó al brazo que bajara la espada y perdiera al menos durante unos instantes su insaciable sed.

- Para mí –continuó el anciano igual de inmóvil, casi petrificado, como había permanecido todo el tiempo- nunca se ponía el sol: la victoria siempre me acompañaba. Era igual que tú, que crees ahora haber triunfado sobre tus enemigos y que con esa victoria los dioses santifican la justicia de tu causa.

- ¿Acaso lo dudas? ¿Es que no sabes de mi valor, de mi coraje, viejo inmundo? –volvió a blandir la espada centelleando como un relámpago de furia con el último rayo solar de color rojizo, de aquel atardecer.

 

« Hace muchos años –siguió el viejo-, mi tribu habitaba las tierras áridas del sur de Carlopancia. Sus gentes eran pobres pero felices: no conocían otra cosa. Trabajaban de sol a sol: unos pastoreaban exangües rebaños de cabras y otros trataban de arrancar, un día tras otro, algún fruto de aquellas sedientas tierras. Casi nunca caía agua del cielo, pero cuando llovía lo hacía de forma torrencial y con enorme furia lo arrasaba todo dejando sin sustento a las familias.

 

» Al Norte de mi tierra se encontraban las tierras fértiles fecundadas continuamente por las aguas del río Marnes -prosiguió el anciano mientras el guerrero se preguntaba por qué no sólo no le daba muerte, sino que permitía que le siguiera contando aquella historia: parecía como si las palabras de aquel hombre sonasen en sus oídos cual melodía, como el cántico de una sirena al que es imposible dejar de prestar atención, embargados todos los sentidos. Las gentes de las tierras del Norte vivían en la abundancia, no tenían necesidad de trabajar tanto como nosotros, los del Sur. Desde que tuve uso de razón fui consciente de que aquello constituía una injusticia intolerable. Me parecía que respondía a la arbitrariedad del destino (luego supe que éste se decide siempre así, pero ya era tarde). Conforme pasaba el tiempo, fui renegando más, negándome a la resignación que impregnaba los consejos de mis padres y, según ellos, de los dioses que siempre habían regido nuestros destinos e inspirado nuestra filosofía de vida. “Ha sido siempre así”, decían. Y en mi fuero interno cada vez tuvo mejor acogida el rencor, la necesidad de hacer algo que remediase aquel estado de cosas.

»A los trece años el azar quiso que mi camino se cruzase con el de un aventurero, un mercenario que acertó a pasar por mi pueblo a su vuelta de la guerra que se había librado en la lejana Manchuria , país que lindaba por el Este con Cartopancia. Llegó malherido y de aquellas heridas pronto aparecieron las calenturas, unas fiebres altísimas que le hacían delirar y en cuyas atormentadas pesadillas, en la inconsciencia, hablaba de sus lances, de sus triunfos en la guerra, de los hombres a los que había dado muerte. Nuestro médico y su mujer se hicieron cargo de cuidarle e intentar sanarle. Parecía empresa difícil, pero el guerrero era muy fuerte (casi tanto como tú, precisó el anciano a su interlocutor). Poco a poco fue restableciéndose. De la misma forma le permitieron o le recomendaron que fuera dando paseos por el pueblo cada vez más largos en su distancia con el objeto de fortalecer sus músculos, especialmente los de las piernas, una de las cuales -la derecha- era la que había sufrido la herida de mayor gravedad. Pronto congregó alrededor una nube de chiquillos instigados por la curiosidad que despertaba el único extranjero en aquel aburrido pueblo. El primero , yo mismo, que asumí al instante (como era natural en mí) el papel de cabecilla. Era el que con más osadía se atrevía a preguntarle por la guerra, por su arte. Se aliaron el odio cada vez más creciente e intenso que yo sentía por los del Norte, con los deseos de tutela de un guerrero ya incapaz , mayor, y sin ninguna descendencia ni familia que aguardase su retorno. Se encontraba a gusto, era bien tratado por los nuestro s y, para colmo, le había salido un pupilo ansioso de aprender las únicas enseñanzas que aquel hombre podía transmitir, aquello a lo que había dedicado íntegramente su vida: la guerra, el arte de dar muerte a los 'enemigos', a los seres humanos a los que, por cualquier azar igualmente arbitrario, se había convenido en calificar de tales.

» Criado en la penuria más absoluta y el trabajo físico constante, mi cuerpo era fuerte como un roble. Mi odio y ganas de aprender eran igual de robustos, o aún más. Después de las agotadoras jornadas de trabajo, todavía me sobraban fuerzas para aguantar el duro entrenamiento al que me sometía el extranjero. Pronto dominé las técnicas del combate: el manejo de la lanza, la espada, la daga traicionera (que era un kris malayo que mi maestro acabó regalándome) y todo esto lo mismo en la lucha a caballo como a pie , descabalgado o cuerpo a cuerpo… Consiguió que pudiera intuir el pensamiento y a ver en los ojos del adversario la tentación o idea de una celada y, por tanto, a desactivar sus efectos adversos para volverlos, como un viento caprichoso, contra el destino del enemigo.

» No sólo mi maestro se sentía orgulloso de mí, sino que muchos jóvenes del país, del Sur de la Carpadoncia (primero los de mi pueblo) se fueron interesando cada vez más por aquel arte y por las consecuencias que su dominio traería consigo: “Alcanzaremos gloria, poder y riquezas sin límite”, según yo mismo me encargaba de proclamar a todos cuantos quisieran escucharme para animarlos cada vez más. Estos objetivos estaban ahí, al alcance de nuestras manos: sólo había que acabar de una vez por todas con la injusticia, la perversión de un Norte rico y abundoso de placeres y la pobreza y penurias que padecíamos los del Sur, situación que reinaba desde hacía siglos o quizás más, puesto que la memoria se perdía y muchos pensaban que aquello había sido así desde el comienzo de los tiempos. Los que sustentaban esta teoría eran mis principales rivales políticos, gentes que se refugiaban en el cobarde argumento de que nuestro intento de cambiar ese ‘orden natural' de cosas no nos traería más que desgracias y calamidades sin número.

 

» Y así fue creciendo la destreza el odio, y con el odio la motivación para profundizar en el arte de la guerra, la herramienta indispensable para arrancar la vida a nuestros semejantes, reduciéndolos al calificativo de ‘enemigos'.

 

» Los del Norte apenas disponían de algo a lo que pudiera llamarse ejército; apenas contaban con algunos grupos de caballeros guerreros que a fuerza de holganza lucían abultadas barrigas y una no menor torpeza castrense.

» Lo que ya era un genuino ejército, el nuestro, comenzó a hostigar los poblados del Norte más cercanos a la frontera entre ambas mitades del país de la Carpadoncia. Esos éxitos animaron a nuestras mesnadas pese a que fueron triunfos mediocres desde el punto de vista estrictamente militar. El efecto producido a los del Norte consistió en que, con toda la velocidad de que fueron capaces, solicitaron ayuda de otros pueblos extranjeros que les eran tributarios pues antes les habían beneficiado con honores, prebendas, préstamos no excesivamente onerosos y con el oro suficiente que serviría, ahora también, para pagar a sus mercenarios. Pero cuando esos refuerzos fueron llegando al Norte, nuestras tropas (mejor sería decir el verdadero ejército que yo capitaneaba) se había adelantado y dado esos primeros golpes y otros más importantes que siguieron y que no sólo nos habían envalentonado, sino que a la par cundían el pánico entre nuestros vecinos, cuyos súbditos encima se mostraban recelosos de la capacidad de unos gobernantes, gestores de la paz de la abundancia, que habían regido sus destinos durante años y que en aquellas nuevas circunstancias pensaban y expresaban sin ambages, ante su estremecido pueblo, que todavía estaban a tiempo de una salida diplomática y pacífica al inesperado conflicto que había estallado ante sus propias narices.

 

» No dudaron en enviar embajadores de paz con poderes suficientes para ofrecernos riquezas y honores, pero sólo para mí y para los demás caudillos o capitanes que liderábamos el ejército del Sur. Devolví sus cabezas mutiladas de orejas, narices y lenguas envueltas en pieles de cabra y metidas en los cofres que habían traído conteniendo el anticipo de nuestras ganancias si aceptábamos el trato de pasarnos al enemigo con nuestras armas y arte para renunciar a esgrimirlas frente a ellos. Y así fueron porteadas de vuelta por los mismos lacayos y siervos que les habían acompañado en su viaje de venida a lomos de sus mulos, puesto que los caballos de aquellos embajadores, briosos corceles, fueron requisados y entregados a los nuevos caballeros que inmediatamente investimos entre nuestra eufórica tropa. Y cuando más subía nuestra moral más se sumían en la desesperanza, en el desaliento, los del Norte.

 

» Yo continuaba liderando nuestras , cada vez más amplias, incursiones en territorio enemigo, sembrando la muerte sin piedad incluso entre aquellos guerreros mercenarios que habían acudido en auxilio de nuestros enemigos. Después de la batalla y la conquista de Lejanía, una de las ciudades más importantes y mejor defendidas del Norte, dejé a mis hombres libertad para el saqueo y el botín de guerra. Con el sol del atardecer subí en soledad a lo alto de la colina llamaba Nefrasquita, desde la que se contemplaba íntegramente la ciudad devastada. Con ese último rayo de sol formulé un deseo a los dioses: que el Sol de la victoria jamás dejase de alumbrar para mí. Desgraciadamente aquel deseo me fue conferido por los que gobiernan las alturas. Desde ese momento (fuera de día o de noche) continuamente me alumbraba un sol interior. No podía conciliar el sueño. Era inmune a los enemigos y cada vez más cruel con ellos y castigaba con la misma saña cualquier comportamiento que se me antojase debilidad o cobardía entre los nuestros.

» A la postre, bajo mi liderazgo, nuestro ejército liquidó, casi hasta la total extinción, a los habitantes del Norte. Pero yo insomne y ya cegado sin remedio por el sol constante, fui condenado a la desdicha que yo mismo había causado. Los dioses que me habían concedido mi ferviente deseo sólo me permitieron una última visión, antes de vivir ya para siempre en la oscuridad, y fui condenado a vagar eternamente en pago por mi soberbia.

 

» Cuando tomamos la capital del Norte tuve la última visión real en mi vida. Subido a otro promontorio, a otra colina como aquella desde la que había contemplado la ruina de Lejanía, donde pedí y me fue concedido mi deseo, mis ojos se abrieron por unos instantes. ¿Qué es lo que vieron? No fue la gloria ni las mieles de la victoria. Sólo pude mirar atrás y contemplar un desierto de desolación en el que el viento hacía desaparecer las huellas, cualquier vestigio de mi anterior existencia sobre la faz de la tierra que sería olvidado por todos los hombres por siempre jamás».

 

Aniceto Valverde Conesa

 

 
Aviso legal | © Aniceto Valverde Conesa. Cartagena. España. 2007