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Relatos

 

THE QUIZ GAME

(EL JUEGO DEL QUIZ)

 

Esta historia de risa o, mejor dicho, de sonrisa de payaso triste y solitario va dedicada a la gente de buena voluntad y algo de sentido del humor. Hay –creo- que reírse de uno mismo. Es la única salvación o escape en estos tiempos de crisis tan dura. Puede ser como “El sitio de mi recreo”, que cantaba Antonio Vega. Está escrito, asimismo, con cariño hacia los demás que nos quieren y con el amor que recibidos de su parte. Aniceto Valverde Conesa. Diciembre 2012©.

 

 

NOTA PREVIA


           Se podría haber titulado esta narración  «El quiz de la cuestión». De hecho, era su título inicial con lo que se conseguía, además, generar un bonito juego con el sonido de las palabras. Se conoce como quiz a un juego de preguntas y respuestas de cultura general o temas diversos en el que gana el equipo que más respuestas correctas acumule. Ya en el primer Capítulo se explica con toda profusión de datos la dinámica de una forma pública de jugar al quiz, término que suena como quid. «El quid de la cuestión» sería, entonces, equivalente a decir la clave de la pregunta.

En diversas ocasiones o contextos, según el Diccionario de Oxford, el término quiz es sinónimo de «interrogatorio».

El tema de esta historia podría ser el de que el solo hecho de formular la pregunta, aun en forma negativa o indirecta,  inclina a los jueces y ahora también a la sociedad del espectáculo a creer la pregunta afirmación –o sea que a la pregunta se le quitan las interrogaciones y se convierte en una frase enunciativa- por más que el inculpado, sospechoso o simple tipo que pasaba por allí, culpable o inocente, reo o jugador en Red, lo niegue por todos los medios a su alcance en el caso del prisionero o intente bórralo de la página el internauta.

Si en otras historias debería resultar obvio, en ésta por el contrario ha de hacerse aquella advertencia que se expresa diciendo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Que absolutamente todo es mentira. Y es que se parece tanto a las norteamericanas cuyo lema más frecuente es aquel que se expresa diciendo que la película está based upon a true story (basada en hechos reales), que por una vez no se insulta al lector-espectador diciendo que todo es producto de la imaginación o fantasía de su creador por más que éste, inocentemente, se hayan apoyado en puntos que coinciden con la realidad; la del reality show, se quiere decir.

 

 

CAPÍTULO I
QUIZ NIGHT AT BRAMBLES’ BAR


            Era una de las excentricidades más a la que Samantha Smilie había tenido que acostumbrarse después de cinco años de matrimonio con aquel ejecutivo y desarrollador de aplicaciones de la empresa «Red Social». George Manson no sólo podía permitirse el lujo de reservar la suite más apropiada del más lujoso hotel. De hecho, al menos desde que Sam lo conociera y ambos se enamoraran a primera vista y sin más se casaran y no precisamente en Las Vegas, siempre habían viajado juntos. Asimismo George se había mostrado en todo momento muy detallista,  sin reparar en gastos en todo tipo de regalos y flores para su mujer, que trabajaba como secretaria de dirección y consultora para la misma empresa.  Hasta el momento, no se habían separado nunca. En cuanto al lujo y buena vida George siempre decía: “De lo bueno que haya, lo mejor para  Sam y para mí, para eso me mato a trabajar”. De la misma forma que George era capaz de sorprenderla –entre otras cosas similares- con la joya más elegante de la más exquisita joyería de la Quinta Avenida neoyorquina, ubicada en Manhattan, lo era también de llevarla al tugurio o antro de la más baja estofa, y, además, hacerlo por sorpresa. Tan sólo le decía: “Preciosa, hoy vamos de incógnito.” Ponte algo vistoso o de incógnito como tú sabes hacer, según el sitio a donde fueran a ir aunque nunca se lo revelase: esa invitación a salir lo mismo podía significar presentarse o infiltrarse en una buena fiesta de la competencia en materia de desarrollo de aplicaciones informáticas donde –probablemente- alguno de los asistentes pasado de vueltas de alcohol o cocaína podía soltar alguna perla, o sea, alguna información válida para sacar ventaja a la competencia. Como de meterla en algún antro donde sonara en la oscuridad música de jazz en Manhattan, como el Fitty Five & Grill, o en el mismo Harlem en sus visitas a Nueva York, desplazándose habitualmente hasta allí desde su residencia habitual en California, concretamente, en un barrio lujoso cercano al llamado Valle de la Silicona, porque el silicio de ser el material más utilizado por las empresas ubicadas en ese valle, se había pasado a la silicona para las operaciones estéticas en los últimos tiempos. De hecho, casi todos los ejecutivos de ambos sexos de las empresas informáticas habían pasado por los quirófanos para algún que otro «arreglo» como muestra del culto a la juventud y a la belleza aunque sea artificial que impera hoy en día.
           

Sam, que no se había operado aún al menos,  daba por buenas estas sorpresas a cambio de las otras: George en todo caso era un hombre encantador. Su mujer, igual o más amable y que empatizaba con casi todo el mundo, desconocía por qué esta vez la empresa mandaba a su marido, en esa mezcla tan confusa entre el negocio y el placer o el descanso de unas vacaciones que no eran propiamente tales pues en rigor carecía de descansos laborales, a España; un país que ella ni siquiera sabía situar en el mapa y del que sólo había oído hablar de lo brutos por los que se  tenía a sus habitantes.
           

Quedó bastante sorprendida del desarrollo y de la «civilización» y el alto grado de desarrollo de su país y de los propios españoles: amables, dispuestos a complacer en todo a la pareja y encima elegantes. En las reuniones de negocios y en los cócteles oficiales, todos demostraban que sabían hablar su lengua, y, según George, coincidían en ellos toda una amplia gama de jóvenes talentos.

 

            El periplo de negocios acabó con una última visita a Sevilla tras haber parado en las ciudades más importantes del país con el objeto de promocionar un nuevo sistema operativo que servía para conectar el móvil a Red Social. Entre una visita y un informe tras otro enviados con todo detalle y siempre a tiempo, George recibió un correo electrónico en el que se le indicaba –aparte de la satisfacción por sus gestiones, “un éxito”, dijeron los jefes- que tenía reserva para dos personas en un nuevo hotel de todas las estrellas y comodidades llamado «Paraíso del Sureste». Lo mejor para llegar -le decían en el mensaje- era tomar el avión en Sevilla con destino Madrid y una vez en la capital de España, si había suerte, podrían tomar el mismo medio con destino directo a la zona o, ya sin duda, algún avión que partiera hacia al aeropuerto de Alicante, ciudad que se hallaba a aproximadamente una hora de camino en coche por autopista en dirección a su lugar de descanso. Como así tuvieron que hacerlo.

            -Casi mejor -le dijo George a Sam-, alquilaremos un coche, veremos el paisaje de camino y lo tendremos para desplazarnos por la zona.

            -Ok, puchi, puchi –que era como Sam llamaba cariñosamente a George, su marido.

            Sin ser ostentoso, al modo norteamericano, no cabía duda de que el Hotel «Paraíso del Sureste» ofrecía  lujos y comodidades que nada tenían que envidiar a cualquiera de los muchos en los que la pareja hubiera estado alojada. Eso sin mencionar su privilegiada ubicación muy cercana al mar y en el seno de un no menos lujoso residencial que se deslizaba suave y uniformemente por una de las laderas montañosas que formaba una cala natural. Todo muy cuidado y curiosamente verde junto al mar.

            Dos días ininterrumpidos dedicaron al placer de estar juntos, solos los dos, y a los masajes, baños de lodo y otros servicios del hotel.

            Cuando al tercero Sam bajo al comedor a desayunar encontró a George con un mapa de carreteras de la zona. Fuera de aquel valle había un gran número de localidades costeras, desde el cabo y las playas que daban al Mediterráneo hasta las que se ubicaban a la vera de un mar interior. Sam ya sabía lo que tenía en mente su marido. Y tampoco le parecía mal tomarse un tiempo para visitar esos lugares en los alrededores de la zona y  a lo largo de la línea costera.

            Incontables serían las peripecias de la pareja y lo que les gustó de cada sitio, que, en conjunto, les sorprendió muy agradablemente.

            Llegó el día cinco de enero que era jueves de aquella semana. Según la tradición católica es esa noche cuando los «Tres Reyes Magos de Oriente» (The Three Wise Men, en la terminología anglosajona) reparten los regalos a los niños que se han portado bien; aunque cada vez se haya impuesto más, al menos en España, la tradición anglosajona de Santa Claus, Saint Nicolaus o Papá Nöel). Precisamente los jueves es  tradicional celebrar Quiz Night en el bar en donde George se empeñó en parar a tomar algo en aquella desierta localidad. Era invierno, día de Reyes, en Navidad; en verano estas poblaciones se llenan de indígenas españoles en busca de algo de la brisa del mar que les alivie el calor de la estación. El pub se llamaba Brambles’: era  del tipo de lugares pintorescos donde a Manson le gustaba infiltrarse. George preguntó a Sam y ella repuso: “Ok, puchi, puchi. Hoy vamos de sport.”

            El local estaba a rebosar. Todos eran ingleses dispuestos a matar el tiempo –que, además, era malo climatológicamente hablando debido al fuerte viento procedente del mar, del Este, lo que lo hacía muy húmedo- y disfrutar de la Quiz Night at Brambles’.

            En una terraza cerrada como un invernadero y caldeada por una gran estufa de gas butano parecida a una farola en su forma donde en lugar de bombilla, estaban las pequeñas llamas que producía la combustión del gas a modo de fogón de cocina, se sentaron en la única mesa libre y pudieron entretenerse con una cerveza y el desarrollo del juego.

            Dijo George: “Esto parece un juego de preguntas de cultura general británica. Aquel tipo hace de moderador o speaker.”

-Sí –dijo Sam-. Y han hecho como varios equipos por mesas.
 Cada uno de ellos tenía una hoja tipo cuestionario donde se debía señalar la respuesta que consideraban correcta frente a la cuestión planteada por el moderador o speaker. Luego de una tanda de preguntas, cada equipo pasaba su hoja al de la mesa adyacente o en círculo para corregir sin trampas las respuestas según el mismo moderador las fuese dando. Después éste se pasaba por cada mesa y anotaba la puntuación de cada equipo hasta que al final del juego ganaba el que mayor número de respuestas hubiera acertado.
          

            Sam dijo: “Me he divertido mucho.” Y aun cuando el juego terminó aceptó comer una hamburguesa en el pub igual que su marido, sólo que éste entre bocado y bocado hacía toda clase de preguntas sobre el juego que observaron practicar aquella Quiz Night que vivieron la víspera de Reyes a comienzos de este año.
           

De vuelta al hotel, George se quedó durmiendo con una idea rondándole la cabeza: ¿Por qué no trasladar el juego al mundo virtual incorporándolo a «Red Social»? Así se llamaba la empresa de Internet de la que él era ejecutivo y programador de aplicaciones. Su sede estaba ubicada en el Valle de la Silicona a muchas millas de distancia, pero muy a la mano por Internet: el bar o pub, así como el Hotel disponían de conexión wi-fi gratis para los clientes. Todo el mundo se encuentra interconectado, incluso muy a su pesar.

 

 

CAPÍTULO II
QUIZ VERSIÓN 1.0: UN ÉXITO CULTURAL

 

            -Si vinieras conmigo te iba a convertir de verdad en una princesa, Sam -le decía Oliver San Cristóbal a Samantha Smilie, que era la mujer de George Manson, cada vez que se le presentaba la oportunidad.

            - Ja, ja –reía Sam-, qué cosas tienes Oliver. Si yo me siento como una reina con George. Dime, tú que sabes tanto, ¿qué es mejor ser reina o princesa?

            Si Oliver San Cristóbal hubiera sido un verdadero galán –al modo de los españoles que había conocido en su reciente viaje- sin duda que le habría contestado que ser princesa es más romántico, que con él sería la novia eterna a la que en todo momento se trata de conquistar. Pero como era un bruto prepotente, y más desde que se había hecho la operación (tenía ya sus añitos), se limitaba a sonreír como un imbécil y pensar para contárselo después a los amigos y a los propios compañeros: “Si a esa engreída de Sam le diera dos revolcones bien dados se iba olvidar pero para siempre  del  relamido de Manson.”

            Oliver San Cristóbal era otro miembro del equipo de desarrollo de aplicaciones de Red Social como George Manson. Desde el mismo momento en que se conocieron, Oliver sintió una clara animadversión hacia George. Por una parte le envidiaba y por otra le parecía un imbécil de tan ingenuo y estirado, como si siempre se cogiera su pequeño miembro con papel de fumar.  Oliver siempre decía: “Desde luego Manson no se merece ese pedazo de mujer. Y encima parece que ella lo quiere de verdad. Hay que fastidiarse.” Encima, su enemigo Manson atravesaba un aparente momento de gloria con el asunto del Quiz 1.0.

Oliver tenía en secreto inversiones en  «Connectivity People Company», empresa que era subcontratada muchas veces por  «Red Social» para desarrollar alguna nueva aplicación para Internet. San Cristóbal era mejicano –no es que eso tenga nada de malo, además llevaba muchísimos años en Norteamérica-, pero poseía una mente muy retorcida, como la rizada cabellera (implantada) que lucía, privilegiada para el mal. Oliver San Cristóbal sabía manejar varias barajas a la vez. Era rijoso (en todas sus acepciones, como peleón, gallito delante de cualquier hembra y lujurioso), siempre cubierto de abalorios y sortijas. Oliver dijo: “Mi suerte y la magia maya de mis antepasados me van a volver a ayudar a hundirle.”

            Un tiempo después la aplicación Quiz 1.0, elaborada por Manson y su equipo, se puso en marcha. Era muy similar al juego del Quiz que George y Sam vieran practicar aquella noche de Reyes en un pueblecito costero español en un bar de ingleses. También se parecía mucho al Trivial. Se formaban varios equipos, incluso de una sola persona, se seleccionaba el tema de las preguntas y el tiempo de duración, y el programa iba haciendo preguntas aleatoriamente sobre el tema elegido. Cada jugador contestaba en su apartado privado hasta que, llegado el final del tiempo, subía las respuestas a su «muro» o parte pública, es decir, el espacio en «Red Social» que todos los contactos de una persona podían visualizar, y, cuando todos lo habían hecho, se revelaban automáticamente las correctas, de este modo todos los participantes sabían sin lugar a dudas quien había ganado.

            El juego adquirió dimensiones internacionales. Inteligencias de todo el mundo competían. No es difícil en el mundo de la globalidad: todo se va uniformando de manera que casi se puede hablar de una cada vez mayor cultura universal, incluso demasiado homogeneizada que, en ocasiones cada vez más frecuentes, lleva al rechazo y al nacionalismo a algunos individuos “¿Por qué será que, a veces, cuanto más nos parecemos a alguien tanto más lo odiamos y queremos diferenciarnos? ¿No es una especie de vanidad, un vano intento de ser los más originales? Y, sin embargo, vamos buscando sexo desesperadamente con el otro sexo o simplemente formar pareja cuando se alcanza cierta edad en que la soledad asusta, aunque ambos sean homosexuales, en ello también hay diferencia, y no la hay ni en la City londinense, ni aquí en Nueva York.” (Este texto se ve en la pantalla del ordenador de una columnista de gran fama, pero soltera, experta en teorizar sobre las relaciones sexuales entre los norteamericanos. Por cierto, era una buena amiga y compañera del periódico donde un tal Larry White escribía también.)

Y no hablemos de las matemáticas o el ajedrez.  Hasta el extravagante Perelman llegó a participar en un desafío matemático, y Josep Wesbley en varios torneos de partidas simultáneas de ajedrez, es decir, él solo jugaba contra la computadora y contra muchos otros jugadores del mundo entero. Se podía considerar que la aplicación, el juego, era un éxito. Y, desde luego, fue muy elogiado por bloggers y redactores de cultura del mundo entero. Algunos incluso consideraban que por una vez Internet servía para algo que no fuera idiotizar a los usuarios, los más, o haciendo perder la capacidad de concentración de los más listos a base de asfixiarlos con multitud de contenidos. Así lo iba pregonando y denunciando Marc Honner, profesor honorífico de la Universidad de Minessotta, que fue uno de los más importantes personajes que se pronunciaron públicamente a favor del nuevo uso que «Red Social» había implantado por medio de George Manson, su creador: un profesional que había adquirido con el invento una notable reputación entre estos tipos extravagantes y raros hoy día: los amantes de la cultura.

            Pero Oliver San Cristóbal consideraba (en privado el jefe Zimmerman pensaba igual) que las posibilidades del producto no estaban siendo explotadas suficientemente en términos de rentabilidad por la empresa «Red Social». ¿A quién le interesa la cultura hoy en día? ¿A los cuatro chalados que quedan por ahí? Lo que la gente quiere es espectáculo, carnaza. “Mis amuletos y mi suerte natural –decía Oliver- no me van a fallar. Sacaré un buen provecho a través de «Connectivity People Company». Y si de paso hundo en la miseria a George Manson tanto mejor: beneficio secundario del negocio que me dará más gusto, mucha más satisfacción.”

 

 

CAPÍTULO III
LOS PECHOS VIRTUALES DE LARRY WHITE

 

-Papá, papá. Aquí preguntan si creemos que tienes los pechos grandes.

-A ver, Johnnie, hijo, cuántas veces te tengo que decir que no te metas en esos sitios guarros de Internet.

-Pero, papá, si no es un sitio guarro: es «Red Social», tu red cultural favorita –dijo Johnnie, un chaval de catorce años, mientras daba el último bocado a su grasienta hamburguesa-. Además es tu amigo Stuart Michael Fanfarria el que hace las preguntas. (A Fanfarria no le llamaban así por fanfarrón, sino por amigo de la murga, los carnavales, el teatro: de pequeño le encantaban los sonajeros, cualquier cosa que hiciera ruido, que es otra de las acepciones que el Diccionario de la RAE da para el término.)

-A ver, hijo, déjame echar un vistazo. A ver aquí dice que:
«Stuart Fanfarria ha contestado una pregunta sobre Larry Adolf White:
»Larry tiene varias preguntas que desbloquear:
»¿Crees que Larry habla demasiado?
»¿Crees que peca de narcisismo?
»¿Crees que a Larry le gusta beber demasiado?... »

-Vaya, vaya –dijo White. Su hijo Johnnie hacía rato que le había dejado con el ordenador en la boca-. Como broma está bien lo de las tetas. Stuart y yo hace muchos años que somos amigos y no creo que se le haya pasado por la cabeza que esto pudiera leerlo mi hijo. Pero ¿y los demás contactos de «Red Social»? Sólo algunos son amigos de verdad. Y eso de la bebida ha estado mal, muy mal. Sobre todo porque bien que nos las hemos tomado, pero los dos juntos. No tiene por qué saberlo todo el mundo.

            Con las mismas se puso a desbloquear las supuestas respuestas que su amigo había contestado a tan sugerentes preguntas, más que nada a ver si así podía neutralizar, vamos, hacer desaparecer de su parte pública de «Red Social» aquella sarta de sandeces. Pero ocurría como en el conocido cuento de Ítalo Calvino titulado «El bosque» en el que lo que para el rey que volvía victorioso de la guerra con su ejército de buenos hombres eran ramas y algunas estaban incluso muy altas, para el conspirador Corcovado y su amante, que no era otra que la segunda esposa del rey y mala madrasta de su adorada hija, eran las raíces más profundas de los árboles… El caso es que cuantas más preguntas respondía Larry en el intento de saber qué había contestado Stuart sobre él y terminar –él así lo creía- con el juego, alguien al otro lado de la pantalla se dedicaba a hacerle más y más preguntas estúpidas sobre otros contactos de «Red Social». Y es que dentro del hardware de estas máquinas hay duendes y espíritus como cuando antes se creía en la «Santa Compaña», en los trasgos y algunos que otros fantasmas que, incluso, aún andan por ahí o salen en televisión.

-Esto es absurdo, hasta kafkiano –se decía Larry que era un periodista y analista de cierto prestigio -. Pero, ojo, pequeño saltamontes, aquí hay gato encerrado: algunas preguntas son como muy personales, casi íntimas, aunque sea por casualidad. La máquina no puede saber quiénes son tus amigos de verdad y, por tanto, sobre quiénes tus respuestas son fiables para saber de qué van; pero después un buen analista sí que podría sacar algunas conclusiones sobre tu personalidad, la de los otros, los gustos aficiones, etc. Bah, no pueden ser tan maquiavélicos. Aunque a mí no me guste, seguro que es un simple juego. Pero, desde luego, esto es una vulgaridad comparado con el antiguo Quiz versión 1.0.

Pero aún quedaba lo peor, de momento. Después de más de una hora de tiempo perdido en contestar a todas cuantas tonterías le fueron planteando sobre la gente el juego le proponía otra serie de alternativas para continuar en busca de las respuestas perdidas: cualquiera a esas alturas podría haber perdido perfectamente los nervios y aun la propia voluntad y seguir jugando compulsivamente para saber qué demonios habían dicho de él o ella, sobre todo aquellas personas que dependen mucho de la opinión de los demás lo que, como es sabido, en determinado grado es una patología psicológica. Hay quienes sufren esto por vanidad, desde luego. Pero quizás a otros muchos lo que nos pasa es que vamos buscando el cariño de los demás, sobre todo cuando la infancia no fue ese territorio feliz y añorado por algunos, sino que estuvo embargado de ese sentimiento agridulce que es la melancolía, como un paisaje otoñal. Lo único bueno que tiene ese lugar en parte vacío para algunos es la sensibilidad e incluso, si se pone en práctica ese sentimentalismo, la creatividad que, a la postre, es lo que nos hace vivir más intensamente dentro de la cortedad de la existencia.

Muchos susceptibles de engancharse debiera haber por el mundo, puesto que el jueguecito de marras estaba causando tanto furor que hasta hizo desaparecer la audiencia de los hasta el momento más adictivos reality shows del mundo entero. «Gran Hermano», en todas sus versiones e idiomas, y un programa llamado «Next» (que podríamos traducir por “que vaya pasando el o la «siguiente»)en el que un chico o chica, por turnos, es analizado con preguntas igual de fútiles o tan absurdas como la del Quiz por un posible novio o novia o bisexual para ver si le gusta o no y le propone una cita fuera de la limusina donde se entrevistan, entre otros ejemplos, dieron en la quiebra más absoluta al caer hasta los últimos lugares de audiencia o share de pantalla.

            Larry envió un mensaje a Stuart. “Supongo que será un error o una broma. De sobra sé que me aprecias mucho y yo a ti también y no puede ser algo con mala intención. Pero, demonios, ¿me puedes decir en qué rollo de juego me has metido en «Red Social»?”

            Antes de recibir la respuesta, desde las primeras horas del día siguiente, las pantallas o partes públicas (llamados «muros») de Stuart y de Larry estaban llenos de otros mensajes similares publicados por otros contactos de «Red Social» sobre los que, seguramente, ellos habían dado alguna respuesta al intentar, en los términos del juego, «desbloquear» alguna respuesta que los amigos hubieran dado sobre ellos. Pero es que en los «muros» de esas otras personas (como en el cuento de Calvino) había aparecido lo mismo pero poniendo a Stuart o a Larry como promotores del juego y de las consiguientes preguntas estrambóticas más o menos similares a las que ellos habían «padecido».
           Por el chat, Stuart escribió a Larry: “No hace falta que te explique más, ¿no? Debemos ser millones de pardillos. Un abrazo.”
            «La nueva versión del Quiz no es un producto desarrollado por «Red Social», se decía al pie de una página web donde también se exponían de forma muy parca, casi ininteligible, las instrucciones del juego. Lo que se decía bien a las claras es que había que ser sincero, cuanto más sincero mejor «para saber de verdad lo que tus amigos piensan de ti y tú de ellos.»
            Ni que decir tiene que el producto, llamado ahora Quiz versión 1.1, había sido desarrollado por «Connectivity People Company». La intuición mágica de Oliver no le había fallado. Sólo había necesitado un psicólogo, una socióloga –ambos casi sin experiencia- y dos becarios de Informática con un coste total de mil dólares. Si la aplicación –como se estaba demostrando que era perfectamente posible- llegaba a atrapar a tan sólo diez millones de personas en el mundo, «Connectivity People Company», es decir, Oliver San Cristóbal, se embolsaría, además de los doscientos cincuenta mil recibidos a cuenta, una prima de dieciséis millones de dólares más un cinco por ciento sobre los beneficios que las empresas anunciantes, de estudios de mercado, etc., implicadas en el negocio pudieran obtener de él. El propio San Cristóbal las había «seleccionado».
            Con toda esta artillería le sobraba para hundir aún más a George Manson. Quizás de esta forma retorcida tendría a su mujer, Sam Smilie, aunque para ello tuviera que buscarse algún ardid para que fuera a su rancho de Nuevo México. Allí, a la vista del esplendor de su magnífica propiedad, sin duda ella aceptaría pasar a engrosar los bienes del todopoderoso San Cristóbal cayendo en sus brazos. El enorme automóvil de Oliver estaba tapizado simulando piel de tigre y lucía en su morro dos enormes cuernos como de búfalo gigante. Y es que unos van así por la vida –decía la voz narrativa o en off- mientras otros soñamos con la bicicleta que de niños nos regalaron un verano después de muchos aprobados o algo más. Y ya de adultos, cuando parecería que habíamos abandonado y olvidado al niño que fuimos antes, aunque no sea así y en el fondo seamos como Peter Pan, soñamos con el utilitario cuyo crédito aún pagamos con sudor. O, aún peor aún, cargamos con la pesada carga del crédito hipotecario que nos permitió conseguir un techo para nuestra familia, un hogar con la esperanza de sea nuestro pequeño refugio desechando cualquier otra ambición.

 

 

CAPÍTULO IV
EL NUEVO QUIZ,  DE CAZA MAYOR

 

            Más de un centenar de periodistas aguardaban en la acera la salida de su domicilio del famoso erudito Marc Honner, un viejo profesor de sociología de la comunicación de la Universidad de Minessotta que se había convertido en el defensor más poderoso y temido de los derechos de los internautas. En su blog personal, que recibía millones de visitas –para disgusto de truhanes y de los que emplean Internet para el mal-, desvelaba todo tipo de abusos y añagazas que esos, quizás la mayoría, cometían para manipular a los usuarios. Esta vez, a juzgar por el panorama y quizás mal que le pesara, la noticia en lugar de darla Honner en su blog, debía ser él mismo.
            Marc Honner había sido uno de los más destacados defensores del Quiz versión 1.0, o sea, la versión del juego que había implantado el ahora caído en desgracia George Manson. A las diez horas de aquella mañana salió de su domicilio en la Avenida Goorge Washington el conocido profesor luciendo su habitual traje años cincuenta, o sea, de «pitillo» o flauta (de ahí su apellido Honner), de color claro, lo que resaltaba aún más el color negro de su piel. La nube de informadores hacía al unísono la misma pregunta, pero el corresponsal de The «New York Time» fue el más explícito: “¿Profesor Honner cómo se ha dejado comprar por la vulgaridad? ¿Qué turbios intereses hay detrás de su último post o comentario en su blog: «La verdad de la mentira: realidad y falsedad en el mundo virtual»?”
            “Todo esto es un error, un gran malentendido. Se les darán las oportunas explicaciones”, fue lo único que acertó a contestar Marc Honner. Lo que el plumífero y sus compañeros no sabían era que el famoso profesor llevaba un cierto tiempo recibiendo todo tipo de amenazas, incluso de muerte y no sólo atentatorias contra su persona, sino contra su mujer y su hijo.
            Pero ahí no acababa todo: sin duda algún elemento de los malos, camuflado bajo una falsa personalidad (para lo cual debía tener mucha influencia en quien controlase las bases de datos de «Red Social»), había lanzado acusaciones muy graves sobre él iniciando un Quiz con preguntas como:
«¿Cree que el profesor Honner lleva un doble juego criticando Quiz Social versión 1.1 para darle más notoriedad y disimular su secreta y estrecha colaboración con sus promotores?
»¿Cree que Marc Honner colabora o ha colaborado con el portal «Kiwifruit» en la revelación de secretos como lo demuestra el hecho de que en su blog haya citado alguno de esos datos antes que el portal de Julian Change Exchange?
»¿No cree que se está volviendo cada vez más blanco como consecuencia de seguir algún tratamiento como el de Michael Jackson y que eso le aumenta la evidente demencia senil que padece?».
            Todo aquel (muchos eran) que alguna vez se habían sentido aludidos o criticados abiertamente por el profesor Marc Honner se lanzaron a dar sus respuestas, cada vez más en número y con el mismo ritmo trepidante más falaces.
            En la sociedad del espectáculo y más si ésta crece y se desarrolla en el mundo virtual, como es obvio que está ocurriendo de forma exponencial, se emplea muchas veces para bien y otras para el mal y en este caso crece como la mala hierba. En la sociedad «invisible», «virtualizada», basta con enunciar la calumnia y reiterarla para que se cumpla esa ley de siempre que dice que una mentira mil veces repetida se convierte en una verdad universal.
            Y aquí o sobre este asunto, aparte del propio profesor, el único que conocía la genuina verdad era el abatido George Manson quien, en secreto, se había entrevistado con Honner y, de palabra, le había puesto al tanto de la situación; pero sólo de boquilla. Únicamente se había comprometido con Honner a enviarle por correo electrónico un mensaje al que –según prometió- adjuntaría documentos con información suficiente como para desenmascarar la trama maliciosa que orquestaba el juego y la posible estafa que con esa herramienta se estaba consumando en perjuicio de muchas personas y empresas. Pero esto sólo llegado el caso de que no pudieran defenderse de otro modo menos comprometedor y no delictivo como sería la revelación de esos secretos de los que Manson tenía un conocimiento exclusivo gracias a sus pesquisas tras el fracaso de su versión del juego del Quiz, y por si acaso se podía anular la nueva versión y devolverle a él su prestigio, y, por qué no, las ganancias a las que tenía derecho como autor del Quiz inicial o versión 1.0. Lo cierto es que Manson redactó ese mensaje y en una carpeta guardó esos documentos para adjuntarlos si las cosas llegaran al extremo de que tuvieran que cometer y autoinculparse en un delito de revelación de secretos de empresa para demostrar su inocencia en algo mucho más grave de lo que no eran responsables.
Las insinuaciones que hizo Manson a Honner, de mera palabra,  eran las que tenían que haber aparecido disimulada o irónicamente y en ese carácter de meros indicios en el último comentario del blog  «La verdad de la mentira: realidad y falsedad en el mundo virtual», propiedad del viejo profesor, quien contaría con las pruebas, con los documentos  que respaldaran sus palabras si le hiceran falta –George le dio su palabra- para afrontar un posible juicio por calumnias que no llegaría nunca a producirse. Mientras tanto lo cierto era que Honner había sido suplantado: alguien con los medios suficientes había dado el «cambiazo» a sus palabras.
            En el mundo ya pasado del ayer, un tiempo seguramente ya sepultado en el olvido, nos enseñaban amar y practicar la solidaridad con los demás seres humanos y la confianza en que el mundo sería así mejor. Cabía la esperanza de una felicidad natural como la del «buen salvaje». Nadie, desde luego, cree una palabra de esto hoy en día. Nadie se fía de nadie, vivimos en la «sociedad de la sospecha»: ninguna persona en sus cabales en el mundo actual echaría una mano a otro. Es así: muchas veces se graba la muerte de una persona antes que intervenir en su posible defensa, y para más inri ni siquiera se molesta uno en llamar a los servicios policiales o los que existen para paliar las catástrofes. Ahora se graba incluso con un teléfono móvil cualquiera, todos tiene esta función entre otras muchas. Es mejor una buena foto o video para colgar en Internet como espectáculo y que sea exhibido cientos de miles de veces: esa crueldad que es, en verdad, indiferencia, se nos antoja con la falsedad de un videojuego. La realidad supera con creces a la ficción, utilizando la ya manida expresión de Jorge Luis Borges.

 

 

CAPÍTULO V
PAGOS CON GUSTO NO DUELEN

            Encarnita Formigal y Ferragut, viuda de Cornellá, había hecho un curso de navegación por Internet, junto a otras señoras de su rango, en el «Instituto Elcano de la Nueva Navegación». Antes no faltaban una sola tarde al «Bingo Superstart». Eran muy aficionadas a ese local, por el juego en sí mismo y porque el servicio lo llevaban unos culturistas vestidos únicamente con un tanga y una pajarita de encaje negro y purpurina de diversos colores muy brillantes. Ni todo este encanto bastó para que, cuando descubrieron el juego, la nueva versión del Quiz Social, o sea la 1.1, dejaran de ir al bingo y se reunieran cada tarde en casa de alguna –la primera la Formigal- que se hubiera comprado un ordenador con conexión a Internet con el Plan «Red a toda megabyte para la Joven Tercera Edad», una iniciativa que fue un éxito: cada vez iban siendo más las personas que adquirían un equipo en tan ventajosas condiciones; hasta que se acabó el dinero de la subvención. Ellas y, poco tiempo después cada vez más hombres, se reunían para tomar un té con pastitas y jugar en comandita al Quiz, lo cual resultaba además mucho más barato que el bingo que las había atrapado durante años de su segunda juventud y para los varones menos oneroso que las partidas de dominó y las consumiciones en los bares de barrio. Para mayor facilidad los ordenadores habían sido manipulados debidamente por una ONG para que fueran «accesibles», es decir, pudieran ser perfectamente usados por personas afectadas por cualquier tipo de minusvalía. De esta forma, por ejemplo, bastaba con hablarle a la computadora y darle la orden de que se dirigiera a la correspondiente página web para que ésta se abriera; siendo igualmente la letra de mucho mayor tamaño, no cabían impedimentos algunos para que lo pasaran de maravilla.
            - Ábrete, navegador. Ir a «Red Social» –le decían.
            La máquina contestaba: “Contraseña, por favor”. Se la daban y a jugar.
            - Ay, sí, dile que ponga que Juanita Ruipérez se lo hace con el carcamal de Paco Lastres.
            - Sí, y también que Pepita Jiménez se ha vuelto a operar.
            Los hombres los usaban más en el vano intento de ligar con alguna compañera de juego, aunque estuviera al otro lado de la pantalla. Así podían fanfarronear cuanto quisieran sin ser descubiertos. Bueno, siempre había algún sensible que se enamoraba perdidamente. De entre éstos alguno se llevó un chasco al concertar una cita a ciegas con quien luego resultó ser lo que no imaginaban…

            Como contrapartida los y las aludidas por el grupo de jóvenes amigas, iniciaban por su parte nuevos cuestionarios sobre ellas y ellos. No sabemos cuáles eran más disparatados, incluso comparándolos con las preguntas que hacían los millones de jóvenes también enganchados al nuevo Quiz versión 1.1. Pero una gran diferencia es que los mayores pagaban para continuar: se arriesgaba menos que en el bingo o el bar, siendo más saludable, y también era mucho menos complicado o simple que las otras opciones que el programa ofrecía para satisfacer la curiosidad de los jugadores cuanto antes mejor. Dicho en gramática parda: para saber qué demonios habían dicho los demás sobre esas delicadas cuestiones.
            Asumiendo que cada vez iban a ir floreciendo más comentarios sobre él, Stuart Fanfarria continuó jugando para investigar, para saber más del funcionamiento del nuevo Quiz.
            -Sabes –le dijo a Larry en un mensaje por el chat-, la máquina del demonio llega un momento en que no te deja contestar más preguntas. Si quieres continuar te pide que pages vía «Palpando dineros» o tarjeta de crédito. No es una gran cantidad, creo recordar que entre cinco o diez dólares, pero te deja bien claro que es para un rato más. O,
            Esto de los pagos telemáticos enseguida aprendieron a hacerlo los mayores hablándole al ordenador para darle bien el número de la cuenta o el dinero de plástico de las susodichas tarjetas.
            -¿Y lo otro? –replicó Larry A. White para darle pie a que Stuart continuase.
            -Lo otro que puedes hacer para seguir es apuntarte a rellenar una o varias encuestas ya abiertamente profesionales sobre hábitos de consumo y diversos perfiles personales o sociales.
            -Seguro que las de carácter sexual cotizan más –afirmó Larry que era periodista de opinión sobre nuevas costumbres sociales en Internet.
            -Elemental, querido Watson, ésas son las que dan incluso más de treinta puntos de crédito para que puedas seguir con el morbo –contestó Stuart.
            -Para que quien se alimente aún más el suyo, ¿no?
            -Naturaca. Qué te habías creído que el rollo iba a ser gratis.
            -Ya me lo temía yo en cuanto surgió nuestra confusión. Nadie da dólares a cincuenta centavos.
            Desde el panel general de control integrado de «Connectivity People Company», Oliver San Cristóbal iba contabilizando. Pero nosotros, los lectores-espectadores de este cuento, no sabemos si eran más quienes pagaban o los que se sometían a los nuevos cuestionarios, pagando en este caso, como si de publicidad en Internet se tratara, las empresas de sondeos y  encuestas que habían sido seleccionadas por Oliver a cambio de las oportunas comisiones y aun sobornos, naturalmente, en «dinero negro» o fiscalmente opaco algo que nunca sería perdonado por el Gobierno Federal si llegara a descubrirlo (a Al Caponne sólo se le pudo enchironar por delito fiscal o evasión de impuestos: ninguna otra fechoría de las muchos que había cometido se pudo demostrar ante el «Gran Jurado».) Eso sí, la cifra mágica de los diez millones de enganchados estaba muy próxima a alcanzarse. Oliver y sus secuaces más cercanos no cabían en sí de la alegría. La vida es una lotería o una tómbola en la que algunos siempre ganan y otros nos tenemos que aguantar y acostumbrarnos a perder en todas las ocasiones. Pero en la vida no todo es eso y se dice que no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita y a lo mejor tiene una amante apasionada que puede ser su mujer y/o una familia que le quiere y que se cobija bajo ese hogar hipotecado no sólo por el banco, sino también embargado por el deseo de la felicidad.

 

             
CAPÍTULO VI
LA RUINA DE GEORGE MANSON

 

            George Manson leyó con auténtico terror el último texto que apareció en el blog de Honner, o sea, lo que supuestamente el profesor había publicado como último comentario o post sobre el nuevo Quiz versión 1.1. No daba crédito a sus ojos. Le era imposible creer que le hubiera traicionado: además de su inesperado cambio de opinión ahora elogiosa sobre la nueva aplicación, en el texto manipulado se hacía referencia a un alto ejecutivo creador de la versión inicial del juego como inductor de sus críticas al nuevo Quiz, “debido a su malsana envidia”, decía textualmente.
            Manson rápidamente fue a echar un vistazo a la prensa, a lo publicado en Internet sobre el asunto. El escándalo era mayúsculo. Las críticas y calumnias que le dedicaban a Marc Honner eran despiadadas. Pero algunos medios no sólo se dirigían contra el profesor, sino que hacían referencia a ese empleado envidioso de «Red Social» y que todo el mundo imaginaba que no era otro más que él mismo; hacían esa referencia para exculpar siquiera fuera en parte al erudito de Minessota de lo que algún comentarista visceral había llegado a calificar de actitud contraria a la patria americana, a sus principios esenciales como los derechos a llevar armas y a que sus ciudadanos sean felices emprendiendo y dedicándose a cualquier tipo de negocio.
            El derecho a la felicidad, seguramente entendida en ese sentido, es uno de los principios esenciales de la Constitución norteamericana.
            Cuando algo va mal –se dice y así lo recordaba Manson para sí mismo- siempre puede ser peor. Tuvo toda la razón en ese aserto: alguna mano con toda la mala intención había manipulado el mensaje de correo electrónico que Manson tenía preparado para enviarle a Honner –como de palabra le había prometido en su secreta entrevista- si las cosas se ponían mal o peor de lo que ya estaban y con el objetivo de que pudieran defenderse aunque fuera de esa, digamos en principio, «mala manera». Pero George no había llegado a enviarlo. Lo que ocurrió es que ese borrador de mensaje fue remitido por algún siniestro personaje, que violó el secreto de las comunicaciones y se introdujo ilegalmente en el ordenador y en programa de e-mail de Manson, y se lo hizo llegar al jefe de «Red Social» con copia al inicial destinatario, es decir, al profesor Marc Honner. George tenía preparado el mensaje y una carpeta que hubiera adjuntado, llegado el caso, al mensaje: en ella se contenían los documentos confidenciales de la empresa que los exculparían de toda responsabilidad. Esa mano perversa lo aprovechó para intentar acabar con él definitivamente. Pero nadie quiso reparar en ese matiz preventivo. Y el hecho cierto es que George aparecía como autor de ese texto secreto. Pero Manson no lo había enviado y, por tanto, no había sido el verdadero responsable de la filtración –aunque hubiera pensado y podido hacerlo-, sino que el verdadero remitente del mensaje había sido otro ignorado empleado de «Red Social» que no había dejado pistas, trazas o firma alguna en ese reenvío que le implicara en el turbio y feo asunto tanto de la violación de la intimidad de Manson, de la suplantación de personalidad del profesor Honner y de la trama que se escondía detrás de la nueva aplicación. Había un único responsable. Pero todos, es decir el jefe, los empleados de «Red Social», los ciudadanos informados y los medios de comunicación era más fácil no darle más vueltas al asunto y apuntar a la presa más fácil: George Manson al que culpabilizaban sin paliativos.
            -Éste es mi fin –se dijo George-. Estoy acabado. Me van a echar a la calle y la demanda que me va a caer va a ser brutal, al menos de cientos de miles de dólares por perjuicios.
            Se quedó pensando un breve espacio de tiempo rascándose la barbilla frente al ordenador.
            -De momento tengo que huir –concluyó-. Me iré a mi refugio de Alaska una temporada mientras pasa algo la tormenta. Confío en que Honner aclare  algo la situación por la cuenta que le trae. Él tiene poder suficiente, prestigio y crédito mediático como para salir al paso de las graves acusaciones que se ciernen sobre nosotros. Yo no. Me encuentro desamparado en esta situación.
            Antes de salir disparado y con lo puesto dejó sobre la mesa de Sam un sobre a su nombre que contenía una nota muy escueta:
            “Querida Sam:
            “Tengo que marcharme lejos de aquí una temporada. Por el momento no puedo revelarte los motivos para no implicarte en un feo asunto en el que tú nada tienes que ver. Por favor, no trates de encontrarme. Te quiero.
                       “George”

            Por otra parte, el Gobierno Federal de los EE.UU. hacía ya tiempo que había abierto una investigación sobre Marc Honner. Buscaban las pruebas de esa actitud anti-americana, de los hechos y contactos que el profesor hubiera tenido en los últimos años que lo demostraran y pudieran llevarle ante la Corte de Justicia bajo la acusación de traición. Algunos hasta consideraban que algo tenía que ver con las filtraciones de secretos aparecidas en un famoso portal de Internet. Sin embargo, esta última acusación –que luego se demostraría sin fundamento- al Gobierno del país ya no le interesaba sostenerla por razones de imagen, para evitar una repercusión del bochorno internacional de esas filtraciones: Honner tenía ya bastante plomo en las alas tras estallar el asunto del jueguecito del Quiz. Sin duda escarmentaría suficientemente y no les complicaría más la vida con sus opiniones y actitudes. “A ver si podemos lavar los trapos sucios en casa. Y siempre esclarecer la verdad y la Justicia”, dijo la Secretaria de Estado a su equipo de colaboradores. Agregó: “Como se dice en los billetes de dólar In God we trust (en Dios confiamos).”  
            Los europeos más o menos en general sentimos una gran contradicción en nuestra opinión sobre los EE.UU.: admiramos su desarrollo, innovación y recursos y, al mismo tiempo, nuestro pensamiento o el de la mayoría de la gente sobre todo antes solía ser muy crítico con el espíritu imperialista que caracterizaba su política. Pero quizás estos serían tiempos pasados después de algunas intervenciones razonables de la Alianza Atlántica y, últimamente, bajo el paraguas de Naciones Unidas. Quién sabe.

 

CAPÍTULO VII
EL EXPEDIENTE X SOBRE MARC HONNER
[ACOTACIÓN: POSIBLE ESCENA A OSCURAS. SECRETO. MISTERIO. FINAL POSIBLE FUNDIDO FORMA CORAZÓN: AMOR. Y CAMBIO PLANO O ESCENA A HONNER]
            -Según todos los datos que hemos ido recogiendo sobre él durante estos años en su Expediente X –dijo el agente federal de nombre en clave Nick O’Neill-, ese viejo no tardará en estallar.
            -Tienes razón –replicó su compañera de nombre en clave F de T (posible significado: Felicity de Tabasco)-. Honner contraatacará con toda la artillería.
            -Quizás deberíamos visitarle y ofrecerle alguna ayuda –prosiguió O’Neill-. Le diremos que vamos a investigar esas amenazas que dice que ha recibido.
            - Y la posible suplantación de personalidad en su blog –remarcó F. de T.
            - Sí, está claro. De ambos sucesos no tenemos ninguna constancia. Y tal vez sean ciertos, ¿no?
            - Lo cual nos llevaría a matar dos pájaros de un tiro: Por una parte lo tranquilizaríamos, supongo.
            - Estoy seguro, guapa. Sabremos convencerle de que tiene algo de respaldo por nuestra parte, quiero decir, de parte del Gobierno. Se quedará sorprendido. Después anunciamos a los medios la investigación…
            - Excelente; así quedará neutralizada su crítica a las instituciones y nosotros cumplimos lo que nos han ordenado de arriba –dijo la agente F. de T. levantando el pulgar de su mano derecha y haciendo el gesto de subirlo y bajarlo apuntando al techo del departamento o al cielo exterior.
            - Y, por otra parte, no se te olvide que de esta forma abrimos una nueva línea de investigación –agregó el agente O’Neill-. Un nuevo hilo del que tirar en la trama gorda de las filtraciones en la que yo cada vez más creo…
            - Que el profesor Honner no tiene nada que ver –interrumpió la agente F. de T.
            - Qué buen equipo formamos, cómo nos sincronizamos, Felicity –iba a terminar O’Neill, pero rápidamente añadió:- Huy, perdona, se me ha escapado tu nombre. Hay espías por todos lados…
            - No te preocupes, querido. Es lo que tiene la confianza y…-terminó la agente federal F. de T.
            Por su parte, Marc Honner se había visto ante un terrible dilema: paz o guerra. Al final pesaron más sus principios:
            - Si lo dejo estar, aunque así parezca que estoy de su parte –se decía el viejo profesor-, me dejarán en paz. Al final pasará la tormenta y cualquier otro asunto llamará la atención de los medios y yo seré ya historia… Y a mi edad…
            Sin embargo las más de las veces su pensamiento se veía embargado por arraigados principios morales:
            - Yo he sido siempre un hombre coherente –se decía en estas ocasiones-. Siempre me he guiado por mis principios. No hay derecho a lo que me han hecho. Mi reputación, mi imagen de buen ciudadano americano ha sido seriamente dañada. Tengo que actuar.
            Tal y como presagiaban los agentes federales, Honner comenzó a dar multitudinarias ruedas de prensa.
            - Detrás de estos turbios asuntos está la mano del Gobierno Federal interesada en dañar mi imagen y con ello restringir los derechos de los americanos. El Gobierno sólo quiere nuestros impuestos y controlar nuestras vidas –decía, y cuando se expresaba en estos términos el cada vez mayor número de personas, incluidos los informadores que acudían a sus convocatorias, le jaleaban y aplaudían-. No nos dicen la verdad. Hay muchos misterios que esconden. Expedientes X por doquier. Esta nueva época de la desvirtuada globalidad se ha convertido en un revival de la caza de brujas del senador McArthy. Nosotros, el pueblo americano, ¿nos vamos a quedar impasibles? Hay que actuar. Hago un llamamiento dirigido a vuestro corazón. He tenido un sueño: Esta nueva revolución cívica va a triunfar.
            Marc Honner era un ingenuo quijote más de los que andan por la vida y esos caminos y mundos de Dios. Y eso que sólo había estado una vez en España. Simón Bolívar dijo: “En la Historia ha habido tres quijotes: Jesucristo, el propio don Quijote y yo.” Desde entonces ha habido algunos más. A pesar de los muchos que acudían a sus conferencias, Marc Honner estaba completamente solo en su lucha para limpiar su imagen.

 

CAPÍTULO VIII
EL EJECUTIVO LEÑADOR

 

George Manson había salido huyendo a toda pastilla a Alaska, a la ciudad de Anchorage, en cuyas afueras tenía una casa de montaña.
- En esta cabaña que heredé de mis padres y donde pasé parte de mi infancia y lejana juventud –se decía-, estaré seguro. Ni siquiera Sam sabe que existe. Siempre la he usado de refugio y para meditar tranquilamente. Y así lo voy a hacer ahora. Aclararme las ideas y fortalecerme.
Se levantaba muy temprano en la mañana (como se diría en una traducción hecha de inglés por un sudamericano, tal y como algunos hemos oído toda la vida desde niños el doblaje de las historias de Walt Disney, la «Warner Brothers» y, en general, los dibujos animados.) Tras tomar un buen desayuno de cereales y carne de caribú o reno (como los que llevan a Papá Noël), salía fuera y se pasaba al menos cinco horas cortando leña. Después se bañaba en el agua helada del fiordo o lago. Esta rutina de un día tras otro consiguió fortalecer su cuerpo y, en la paz y armonía de la Naturaleza, su espíritu.
En esos momentos sonaba en su interior «El muro», de Pink Floyd. En concreto aquella canción: «Another brick in the wall» («Otro ladrillo en el muro»: el muro como la parte pública de cada contacto de «Red Social»). Desde luego Manson se estaba convirtiendo en un tipo duro como una pared de ladrillos apuntalada por pilares de hormigón armado.
Iba semanalmente a la ciudad, al almacén de Joe, un viejo amigo, a por provisiones de alimentos y herramientas, especialmente a sacarle filo al hacha que se desgastaba de tanto usarla. Un día encontró allí a Patty:
- Cómo me alegro de verte, George –dijo Patty, que había sido una antigua novia que le abandonó por un verdadero leñador de Alaska aunque también porque George se iba a marchar a Nueva York a estudiar Informática y Empresa.
- Estás muy guapo, George –agregó Patty mientras se tomaban el café al que ella se había empeñado en invitarle.
- Tú también. Siempre has sido una hermosa y fuerte mujer alaskeña.
- No sé. Muchas veces pienso que lo nuestro podía haber sido algo muy bonito, ¿no crees? –añadió Patty- Y pienso mucho en ti y en aquellos tiempos. Tal vez… No sé… Podríamos volver a intentarlo ahora que estás en Alaska.
- No creas. Yo también me he acordado de ti –dijo George-. Pero no estaré mucho tiempo por aquí, creo. Además tengo una asignatura pendiente: debo saber si aún queda algo de mi matrimonio con Sam… ¿La recuerdas, verdad? Quiero decir algo que no haya roto todavía de mi relación con ella… No creas que desprecio la oportunidad que me propones…
- Sí que la conocí cuando invitaste a todo el barrio de Anchorage a tu espectacular boda neoyorkina con ella. Es muy guapa. Lo comprendo y me pareció que hacíais muy buena pareja, George. Creo que te debe hacer muy feliz.  Aunque me duela –terminó Patty. Se fue del local dándole un leve beso en los labios como recuerdo de su amor adolescente, pero con alguna intención sexual. Cuando el tiempo pasa, a veces, ya no se puede uno o una andar con rodeos al perseguir lo que desea con todo su corazón o su soledad.
Manson sólo tuvo un pequeño resfriado. Para tratarse ese enfriamiento fue al médico; pero no encontró al Doctor en Alaska (ya algo pasado de moda), sino al Casas (Houses) quien, tras uno de sus muchos enfados con la gente del Hospital, así como por su natural extravagancia, se encontraba por aquellos lares.
- Usted es un tanto estúpido –le dijo el Doctor Houses, un raro facultativo que, excepcionalmente entre los de su oficio, se drogaba a mansalva por dos motivos: para creerse un genio de la Medicina y dos: seguramente para no sufrir, para blindarse frente al sufrimiento de las personas enfermas, para no compartir y empatizar con ellas, cosa que siempre acaba mal para el que practica esta especie de huida de la realidad utilizando drogas o alcohol-, con su talento no sé qué hace en este rincón del mundo –agregó Houses.
- Pues anda que Ud. –replicó Manson-. Ud. sí que debería dejar de huir y aclararse con lo que quiere en la vida. Si me permite un consejo yo me casaría de una vez con su jefa la Daisy.
La nostalgia de Sam invadió a George. La echaba de menos. Pero el doctor no le dejó mucha tregua  y le tendió un periódico de hacía varios días, como usualmente llegaba la prensa a aquel lugar de la bella Alaska.
En primera página se daba cuenta de la revolución cívica que había emprendido el profesor Honner pero no de su soledad en su empeño: al periodista le interesaba más el titular que la enjundia de la causa.
- Ahora es su momento de volver, amigo Manson.
- Sí éste es el momento que esperaba. Y estoy fuerte, verdad, doctor.
- Paracetamol y mucha agua. Y en tres días como nuevo y de vuelta a la lucha cotidiana de la vida.
- Gracias, Houses. Le debo una.
            El Doctor Houses siempre daba consejos a los demás que él mismo no seguía. Recomendaba valor y él nunca lo tenía. Ni para declarar su amor ni, en suma, para afrontar el dolor inherente a la vida, el suyo propio y el de sus sufridos pacientes y equipo de colaboradores médicos a los que les daba una caña de aúpa.
            En todo este tiempo Sam se había desesperado y mosqueado por la ausencia repentina y sin dejar rastro de su amado marido, George. Al mismo tiempo Oliver San Cristóbal se había vuelto todo un caballero con ella. Le enviaba flores, se llevaba con ella un cortejo manteniendo las distancias. Claro, tenía un as en la manga: él sabía que George había huido aunque no supiera exactamente dónde. Cuando Manson volvió a conectar su teléfono móvil, antes de subir al hidroavión que le llevaría a un aeropuerto propiamente dicho en la misma Alaska para coger el vuelo directo al Valle de la Silicona, había varios mensajes y centenares de llamadas perdidas de su amada Sam. En ese mismo momento a ella le resbalaba una lágrima por la mejilla. Fue a parar al último dossier que tenía que pasar a la firma del jefe. Zimmerman luego lo puso debajo del que había abierto sobre el fulminante despido de George Manson y el informe de su gran bufete de abogados avalando la procedencia de una demanda en su contra en la que se le reclamaría tanto dinero como el leñador de Alaska ni en sus sueños bajo la aurora boreal hubiera podido imaginar.

 

 

CAPÍTULO IX
ACCIÓN DE GRACIAS

 

            No se habían visto ni comunicado desde el malentendido de las tetas de Larry en el Quiz versión 1.1 de «Red Social». Por eso su amigo Stuart, después de una gira de notable éxito, le llamó o echó el teléfono:
            - Oye, Larry, ¿qué tal si para celebrar mi vuelta a casa os venís a cenar con nosotros en Acción de Gracias?
            - Hombre, Stuart, me alegro de oírte en persona. De tú éxito en ese papel en la comedia ya teníamos noticias…
            - Bueno, bueno. Lo dices porque eres un buen amigo. Ya sabes que no me gusta dármelas de nada, sino machacar hasta hacerlo cada vez un poco mejor.
            - Así me gusta. Otro perfeccionista frustrado como uno mismo. Dios nos cría, ¿no?, y nosotros venimos a juntarnos en la vida. Tiene narices.
            - Bueno, no te enrolles, que a los filósofos y periodistas como tú os gusta una barbaridad darle a la tecla o la oreja de quien se os pone por delante. ¿Qué me dices del plan?
            - Dalo por hecho. Sólo tengo que terminar unas colaboraciones para mi periódico en estos días sobre unos extraños sucesos. Ya te contaré. Y ya sabes que a Maggie, a Johnnie y a mí nos encanta el pavo relleno de Betty. ¿Sigues con ella?
            - No seas tonto. Aún no soy tan famoso. Y mucho menos rico.
            - Bueno, dale un beso de nuestra parte… Llevaremos el vino.
            El pavo relleno de Betty estaba delicioso. Eso dijeron todos. Con la alegría de la cena y el vino se animó la charla y se tomaron algunas decisiones. Para alegría de Johnnie –el hijo de catorce años de Maggi y Larry, el primero que había visto en «Red Social» el jocoso comentario de los pechos de su padre- y de Susan –la hija de trece de Stuart y Betty-, la más importante fue:
            - ¿Qué tal si dentro de un par de semanas llevamos a los chicos a Disney World en Orlando? –propuso esta vez Larry.
            - Venga, que sí, que sí, papás –estallaron de alegría los jovenzuelos. Ya lo habían pedido muchas veces.
            - Pues no se hable más: a Florida que nos vamos –corearon Maggie, Betty y hasta el propio Stuart no obstante ser un actor serio nada amante digamos de las charlotadas. Y lo harían, aunque para ello tuvieran que atravesar el país de costa a costa pues vivían en Los Ángeles, algo cerca del Valle de la Silicona, en Florida, en la costa Este de los EE.UU.

            Esa misma noche, George Manson había vuelto al mismo Valle de la Silicona. Se había encontrado la oficina casi desmantelada. Especialmente pudo comprobar este raro suceso en los despachos de Oliver San Cristóbal y de su no sabemos si todavía mujer Samantha Smilie. Comprobó una vez más que el departamento de Oliver era mucho más grande que su despacho, aunque se suponía que él era más jefe y la estancia no debía haber encogido desde su huida a Alaska.
            - Veamos –se dijo George-. Nunca lo he hecho. Encenderé el ordenador de Sam y echaré un vistazo. Tal vez me haya dejado alguna nota aunque sea para decirme lo cobarde  e idiota que soy.
            Efectivamente, Sam estaba en el rancho de Oliver: había visitado varios sitios webs informativos sobre turismo en Nuevo México.
            George dijo a la pantalla: “Ya saben, amigos, cuando algo va mal no se apuren, siempre puede ser peor.”

 

CAPÍTULO X
LA EXTRAÑA AMABILIDAD DE OLIVER SAN CRISTÓBAL


            - Yo no voy a ir por allí en ningún caso al menos hasta dentro de dos semanas. Te lo juro Sam –dijo Oliver que se había vuelto todo un caballero, y agregó: - Vete y disfruta. Monta a caballo. Lo tienes a tu entera disposición. Mira, el capataz se llama Indie… Sí, Sam, no pongas esa cara. Es que  se lo compré a un indio. Bueno al caso, que es muy buena gente. Te ayudará en todo.
            Sam se encogía de hombros y suspiraba. Era ya demasiado el tiempo que George faltaba de su lado: nunca había pasado algo así. No lo culpaba de cobardía, ni siquiera sabía de qué demonios responsabilizarle en la vida, en estos últimos tiempos y con ella, pero le estaba haciendo mucho daño. Conocía el mal momento, el mal trago que había sufrido, pero nada del Expediente o asunto Honner en el que se había implicado George. Quizás, pensaba, le haya entrado ya desamor por mí. Debe ser eso, se dijo Sam. Sí, definitivamente –pensaba Smilie- George se ha cansado de mí y no queda más opción que aceptar la hospitalidad de Oliver. Parece que se ha reciclado el hombre. A lo mejor siempre ha sido así, y sólo nosotros nos hemos imaginado que era mala persona.  Cosas más raras se han visto”, se dijo Sam para autoconvencerse de que tal vez había un futuro con Oliver que podría llenar el hueco en su corazón que ese desagradecido de George –así lo pensaba en esos momentos en que se sentía despechada- le había dejado sin ninguna explicación ni justificación. “Si no lo miras mucho parece hasta guapo”, le había dicho una compañera y  amiga de la oficina.

            Desde la misma sede de «Red Social», George Manson llamó al profesor Honner.
            -Mire, Manson, si quiere que ambos nos salvemos, debería ir a Florida pasado mañana –le dijo el viejo profesor.
            - Ok –dijo George- ¿Cuál será el meeting point?
            - El parque de Disney. Y no me haga hablar más de la cuenta. A las doce de la mañana.
            Aunque George le había dado el OK a Honner, lo cierto es que en su mente se generó un grave dilema:
            - Qué hago primero. Voy a rescatar a Sam a ver si llego a tiempo. O cumplo con mi deber y me encuentro con Honner. Pero en Disney World ¿qué tendrá que ver con todo este galimatías?- el rancho de Oliver, en Nuevo México quedaba más o menos a mitad de camino, en el centro aproximado del país, entre California y Florida.
            Con este pesar y dos interrogantes muy grandes en la cabeza durmió aquella noche George Manson en un Motel en el propio estado de Nuevo México, lejos del rancho de Oliver pero cercano a un aeropuerto en el que al día siguiente, si esa era su decisión, podría tomar un vuelo directo a Florida y llegar a tiempo a Disney World.

 

CAPÍTULO XI
SAM CABALGA EN UN MAR DE DUDAS

 

            Después de disfrutar mucho con una larga cabalgada durante el día, Sam lloraba en el balcón de la habitación que se había dispuesto para ella en el rancho de San Cristóbal. Eran las diez de la noche y seguía lamentándose en su duda y el mar de lágrimas que, pensaba, no se merecía George aunque le amase y se hubiese casado con él. A los cinco minutos empezó a oír el rotor y las aspas de un helicóptero. Ella había llegado de la misma forma al rancho. Por supuesto era Oliver San Cristóbal.
            Mientras él pretextaba varias cancelaciones de sus compromisos (“No por mi causa, como puedes imaginar, querida Sam. El mundo está lleno de incumplidores.”), Sam giraba sobre su dedo el anillo de compromiso de «Tiffany & Co.», de oro y brillantes, que le había regalado George Manson por su compromiso y boda. Y aunque estaba segura de que su marido la había abandonado definitivamente, e incluso por otra que le consolase por el disgusto de quedarse sin su invento original del juego del Quiz en Red Social, se decía: “No puedo hacerlo. No puedo hacerlo”, empeñándose en buscarle alguna razón, algo a la desesperada que justificase el comportamiento de George y la esperanza de que más pronto que tarde apareciera y volviera con ella. A pesar de todo cuanto parecía que había hecho, del dolor que le estaba causando, lo quería tanto que no podía aceptar su infortunio.     

Con toda la cara, con su natural impostura de mentiroso compulsivo, Oliver San Cristóbal le había preguntado: “¿Cómo estás, querida Sam?” Y sin esperar respuesta, sabía perfectamente cómo se sentía, añadió a sus anteriores palabras: “Pero me quedaré sólo esta noche, no te molestaré más. Mañana tengo una reunión y el rancho me pillaba de paso para descansar: no hay nada más.” No sabía que sus palabras iban a ser proféticas. Poco después recibirá una llamada telefónica, y eso que únicamente  conectaría su móvil unos minutos, que le harían tener que irse de momento con el rabo entre las piernas y destino Disney World Florida. “Volveré pronto querida Sam, y retomaremos este bello momento que será el comienzo de algo muy grande entre los dos”, se despidió Oliver. Sam respiró: había ganado una tregua, un pequeño sosiego para su dividido corazón.

 

 

CAPÍTULO XII
¿QUÉ HAY DE NUEVO, Doc?, DECÍA EL CONEJO DE LA SUERTE BUG BUNNY

            En los vestuarios de Disney World un malvado personaje que ya conocemos, se disfrazaba de Mickey Mouse mientras un autobús de escolares españoles en viaje de estudios llegaba al parque. En otro lugar, algunas otras personas hacían lo propio con otros personajes. El cabecilla se puso el de Bug Bunny, el Conejo de la Suerte que, aunque era una creación de la Warner Brother, había ido expresamente a hacer las paces con Walt Disney. Eran unos mandados encargados por los gestores de las empresas de consultoría y encuestas para no mancharse las manos con el turbio asunto que les habían encomendado. De él no ningún tenían conocimiento en «Red Social». Tampoco en esa empresa se sabía nada del encargo hecho a uno de sus ejecutivos que tenía por objeto destruir la imagen pública de un honesto crítico con los usos maliciosos de Internet. Ambos trabajos habían de ser pagados en el elevado precio pactado en dólares opacos. “En billetes pequeños”, había ordenado el cerebro de todas las fechorías, de la estafa a «Red Social» y del daño a la imagen pública de esa persona respetable y ya anciana. Pero ese malvado quería estar presente: no se fiaba ni de su sombra y además quería supervisarlo todo bajo la apariencia de una inocente atracción para niños en Disney World.
            El profesor Honner se paseaba por el parque de atracciones en espera para encontrarse con George Manson, tal y como habían quedado. Por su cuenta pretendían demostrar que eran inocentes desenmascarando a los verdaderos culpables de su ruina. Así lo hablaron al encontrase en uno de los espectáculos.
            - ¿Cómo lo ha sabido usted? –preguntó Manson a Honner.
            - Simplemente atando algunos cabos –repuso el profesor-. Tanta maldad y tanto daño no se hacen gratuitamente. En su empresa hay manzanas podridas.
No sabían que los agentes federales, e incluso la propia CIA, habían descubierto el pastel que habían cocido los malvados.
Estando en el rancho de Oliver, Sam se había enterado de la misteriosa cita de San Cristóbal por el mensaje en «Red Social» que sus estúpidos compinches habían dejado a Oliver antes de poder hablar con él, mientras su teléfono estaba apagado o fuera de cobertura, y trataba de llevársela al huerto. Había dejado conectado su ordenador portátil que guardaba en su memoria las contraseñas de Oliver para que él no tuviera que preocuparse de recordarlas ni de escribirlas cada vez que quisiera abrir sus cuentas tanto en «Red Social» como en su correo electrónico. A Sam no le fue nada difícil descubrir ese mensaje que aparecía además resaltado en negrita pues San Cristóbal nunca había llegado a abrirlo ni mucho menos a leerlo: antes había recibido la llamada en su móvil y había tenido que salir corriendo en su helicóptero particular.
            George y Honner fueron inspeccionando todas las atracciones del parque.
            - ¿Pero usted sabe dónde va a ser la entrega? –preguntó Manson-. Yo he traído la microcámara de espía que compré ayer en una tienda de artículos de espionaje y seguridad, pero no llevo ningún arma.
            - Los encontraremos. No se preocupe –contestó el profesor-. No nos harán falta armas y soy enemigo de ellas, ya lo sabe.
            Al cabo el propio Honner dijo: “Manson, esto está plagado de policías y agentes federales camuflados. Debemos ser precavidos: tal vez estén aquí buscándonos para detenernos.” No sabía que en una hora esos mismos agentes iban a acabar pidiéndoles a ambos disculpas por haber sospechado de ellos. “Todos cometemos errores. Y esta trama estaba muy bien orquestada”, dijeron.
            Ocurrió así como lo contamos pues poco antes los agentes localizaron a los verdaderos culpables.
            - Observa ese extraño Mickey Mouse –dijo Felicity a su compañero O’Neill.
            - Sí, le acabo de oír dar la contraseña a ese Conejo de la Suerte o Bug Bonny. Ha dicho: “¿Qué hay de nuevo viejo?”
            - Y los otros han contestado: “Venimos a traerte a tu Minnie en billetitos”.
            - A por ellos- dijeron al unísono los agentes y lo escucharon los policías de incógnito a través de los pinganillos disimulados en sus orejas izquierdas.
            Lograron reducirlos sin que opusieran resistencia. Aun así se armó un gran revuelo en el parque. Allí estaban Stuart y Larry con sus respectivas familias, tal y como habían quedado con sus hijos durante la última cena de Acción de Gracias que habían compartido.
            - Qué vergüenza –dijo Oliver San Cristóbal -. Encima que me pillan voy a salir ridículo en la Prensa con este disfraz. Ya nunca más me harán caso los malos.
            Como era periodista, Larry dijo a Stuart: “Vamos a enterarnos de lo que ha pasado. A lo mejor me da para un artículo.”
            Se acreditó ante la policía como informador, como periodista. El capitán que estaba al mando le dijo: “Nada, hombre, por fin hemos trincado al estafador que creó el Quiz versión 1.1. Ése que era un rollo de mal gusto. A «Red Social» le ha defraudado cientos de miles de dólares. Será procesado por ese delito y por calumniar a un famoso y honesto ciudadano, orgullo de los EE.UU.”
            Los amigos rompieron en carcajadas dejando estupefacto al capitán de Policía que, naturalmente, no sabía nada de la confusión que habían ocurrido entre ellos en el Quiz de «Red Social». “Demonios, mira por dónde ha salido el asunto de mis pechos virtuales”, dijo Larry. “Esto da para una comedia, amigo”, apostilló Stuart. Y así escribieron esta historia.
            Por su parte, y como es lógico, también estaban presentes en el momento de la detención y el desenmascaramiento, el profesor Honner y George Manson: “Vaya marrón que nos hemos quitado de encima.” Y ambos añadieron: “Muchas gracias agentes. Damos por bien pagados nuestros impuestos al Gobierno Federal. Han sido muy eficaces.”
            - Somos nosotros los que debemos pedirles disculpar por haber sospechado de ustedes –dijeron los agentes federales Felicity y O’Neill que cerraban el grupo de las fuerzas de seguridad desplazadas para abortar la operación y detener a los culpables-. Ustedes podrán recuperar sus trabajos y su dignidad. Nos ocuparemos de ello públicamente por usted Honner y con su jefe en vivo y en directo, amigo Manson. Enhorabuena.
Sam fue la última en llegar mientras los agentes y la policía detenían a Mikey Mouse y a Bug Bonny y sus ayudantes. Dándose cuenta de todo lo que había pasado, corrió hacia George y se echó en sus brazos.
            - En las frías noches de Alaska buscaba a tientas el calor de tu cuerpo, mi amor –dijo George mientras los Federales y la CIA se llevaban a los malos de esta película.
            Nos pasamos la vida buscando la felicidad y el amor cuando casi siempre lo tenemos muy cerca, al lado mismo, y en nuestros corazones.
            El amor, como la felicidad, hay que reinventarlos cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día que pasa de nuestras vidas para vencer al tiempo que discurre cruel sin pausa y llegar más allá que tal vez exista y nos conviene creer.
            Sam y George se fundieron en un beso muy largo con lágrimas de emoción como perlas y estrellas caídas del cielo.
That’s all folks
The End
Eso es todo, amigos
Fin

Aniceto Valverde. Diciembre de 2012©.

 

 

 

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