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Relatos

La era

 

El hombre solitario me tenía intrigado. Dos o tres días por semana le veía subir por el callejón tapizado de ortigas, entre las casas derrumbadas. El otoño había echado de Serracín a los pocos viejos que seguían viniendo a pasar el verano y, como cada año, todo volvía a estar en silencio; las pocas casas habitadas del pueblo estaban cerradas con trancas en puertas y ventanas y yo volvía a estar solo pero sugestionado por aquella figura que aparecía de vez en cuando rompiendo la monotonía.

 

Hace ya más de cuatro años que vivo en Serracín, uno de los muchos pueblos abandonados de Segovia, de una pequeña huerta y un rebaño de ovejas que pastan en la solitaria llanura que nos separa del pueblo más cercano. En Madriguera, tienen luz y teléfono como antes había en Serracín pero aquí ya los quitaron, para un habitante que queda y cuatro viejos nostálgicos no les debe merecer la pena y los postes comienzan a pudrirse al borde de la estrecha carretera de arena y guijarros que alguna vez me camino para comprar alguna cosa o darme una vuelta por el bar, que estoy rebotado con el mundo pero no voy de eremita por la vida.

 

El hombre, como decía, llegaba siempre en un viejo Land-Rover blanco a eso de las cinco de la tarde y lo aparcaba frente a la iglesia, cerca de la fuente. Una vez le vi entrar en el ruinoso edificio del ayuntamiento donde estuvo casi una hora y salió después con unos cuantos diarios amarillentos que guardó en el coche, pero lo normal era que aparcara, prendiera un pitillo y caminara despacio hacia la era mirando los viejos portones desvencijados, las paredes derruidas y los techos hundidos cubiertos de maleza. En una ocasión se detuvo a coger moras, cerca de la que fue la casa del cura, masticó una, escupió a continuación con gesto de asco y se secó con el dorso de la mano el bigote: entonces me di cuenta que tenía bigote, un bigote recortado y de color tan parecido al de la cara que se esfumaba en ella. Me miró y le saludé alzando la mano, como en alguna otra ocasión, todavía no habíamos cruzado una sola palabra.

 

La primera tarde que hablé con él estaba empezando a echar de comer a las gallinas, cuando le vi subiendo la pequeña cuesta, pausadamente, como siempre. Por un momento, la silueta del hombre se recortó contra el cielo perfecto de azul, y desapareció dejando un rastro de humo de tabaco detrás de él. Hacía ya casi dos meses que se repetía el hecho y me rindió la curiosidad sobre qué hacía en la era. Dejé el cubo de maíz en el suelo, cerré la puerta alambrada del gallinero y entré en casa a por la bota. Un buen trago de vino seguro que le gustaría.

La era comenzaba a verdear después de las primeras lluvias y el hombre estaba sentado en el suelo, casi en el centro de la explanada, mirando hacia el horizonte en donde faltaba poco para que se pusiera el sol. La llanura de arcilla roja, salpicada de robles, álamos y castaños, se fundía con la cercana serranía y sonaron varias campanadas a lo lejos, quizás desde la ermita de Hontanares; la estela blanca dejada por un avión manchaba levemente el cielo y crujieron mis botas de goma arrastrándose sobre la tierra al acercarme a él.

—Buenas tardes.

—Hola, buenas tardes —el hombre se giró y me miró durante unos segundos, sonriendo educadamente. Luego se levantó y sacudió un poco sus pantalones vaqueros. Era más bajo de lo que me había parecido y la sonrisa le estiró el bigote de un imposible color sonrosado: o se lo teñía o aquel color era una maravilla de la naturaleza.

—¿Le apetece un trago? —descolgué la bota del hombro, una vieja tres zetas con más sabor que una película de Marisol, y se la ofrecí.

—Gracias, el vinito nunca viene mal —destapó el brocal de la bota y se largó un buen trago de vino, con la precisión de quien sabe de qué va la cosa, dejando que el tinto le cantara detrás de los dientes—. Buena bota, si señor... —dijo, mientras me la devolvía.

—Tiene buena madre, sí, y además la piel está como un guante..., la grasa de mil batallas... —me reí yo solo la ocurrencia y después me largué también un buen trago—. La tarde está muy buena, ¿verdad? Luego refrescará, seguro que...

—Mire, el sol se está poniendo... —me interrumpió, algo ansioso.

La sierra de Ayllón brillaba con los últimos rayos del sol y la llanura pareció comenzar a sangrar por imaginarias venas al recibir la luz de la bola dorada que desaparecía detrás del horizonte. Sólo por atardeceres como éste merecía la pena vivir aquí.

—Bueno, debo marcharme —dijo el hombre cuando los últimos rayos del sol desaparecieron.

—Perdone la pregunta, pero por la frecuencia con que viene a Serracín debe gustarle mucho esto...

—Más que por gusto, es por necesidad..., necesidad de... Pero, como le decía, tengo que irme. Gracias por el vino, amigo.

Se dio la vuelta y comenzó a andar, después de hacer un gesto que me pareció como de decepción. ¿Qué había querido decir? ¿Necesidad de qué? Quizá había ido demasiado rápido con la pregunta, a la vista de la prisa con que se había marchado, aunque también pensé que por la forma en que se había despedido no parecía que ésta le hubiera molestado.

La planicie tenía ahora un color azulado y algunas luces se encendieron en la lejanía, camino de Sepúlveda. Eché otro trago de vino escuchando cómo los pájaros dejaban de cantar poco a poco; llegaba la noche y una fresca brisa me hizo pensar en la cena y..., ¡en las gallinas!, que se habían quedado sin comer. Aquella noche me terminé la bota, que acompañó a un cuarto de queso curado de oveja y medio chorizo picante de Riaza, y soñé que las gallinas y las ovejas se me morían y que tenía que volverme a Madrid, a sufrir las broncas de los viejos y los insultos de Rosa por haberme olvidado de la niña.

 

 

El hombre del bigote sonrosado volvió doce días después. Me di cuenta entonces que siempre lo hacía en días despejados, pues nunca había tardado tanto en regresar y había estado lloviendo a mares la última semana. Aquella tarde era transparente y estaba jugando con Bakunin , el perrito que me habían regalado en Madriguera, cuando escuché el ruido de un motor de gasoil acercándose. Cogí al cachorro, lo dejé en casa y miré desde la puerta, con cierta expectación, hacia el camino de la era y al cabo de unos minutos apareció él, con su paso tranquilo; llevaba un chubasquero de color amarillo chillón y una pequeña mochila al hombro, y cuando estuvo más cerca me hizo un gesto de saludo. Aproveché la invitación y me reuní con él en lo alto de la cuesta, a la entrada de la explanada.

—Buenas tardes —me dijo, con la misma sonrisa leve y distante de la vez anterior—. Vaya tiempo de perros que ha hecho, ¿eh? —pensé en Bakunin , ¿qué culpa tenía mi perrillo de la lluvia?, pero no le dije nada al respecto.

—Muy buenas. Sí, ha caído un diluvio..., y dos techos más se han hundido. Dentro de poco no quedarán muchas casas en pie...

La humedad de la era relucía al atardecer y del aire se escurrían olores de tierra recién labrada. Los álamos amarilleaban todavía en la llanura y los herrerillos trinaban desde las higueras y los castaños, un cuco cantó en la lejanía; el sol se acercaba al ocaso. El hombre dejó el macuto en el suelo, lo abrió y sacó una botella de vino.

—Quisiera convidarle yo en esta ocasión —dijo, mirando hacia la botella que me ofreció a la vista con las dos manos, como si fuera un camarero, y sin esperar mi respuesta extrajo un sacacorchos de la mochila y la abrió. Bebimos en silencio durante unos minutos hasta que la botella estuvo casi terminada; el tinto estaba fresco y era de excelente calidad. Después de varias rondas denegué un nuevo ofrecimiento con la cabeza y entonces dejó la botella en el suelo, de cualquier manera, aunque bien tapada para que no se derramara el vino, sacó un paquete de tabaco y me ofreció un cigarrillo.

—Gracias, hace años que no fumo y ya no me llama la atención —el calor del vino, sin embargo, me pedía fumar pero conseguí resistirme al deseo inesperadamente recobrado.

—Dicen que las mejores puestas de sol se ven desde el templo de Poseidón, en Cabo Súnion, pero yo creo que no, que como las que se ven aquí, ninguna...

—No sé... —repliqué—, nunca he salido de España.

—Perdóneme, no he querido ser pedante...

Hice un gesto con la mano, como cuando se intenta ahuyentar a una mosca, a mí no me importaba el cabo ese y él no tenía la culpa de que yo no haya salido fuera de España. Como siempre, guardó silencio mientras el sol desaparecía aunque aquel día no se marchó inmediatamente después: presentí que había ganado algo de su confianza.

—Nunca más ocurrirá, no volverá a ocurrir... —murmuró el hombre, mirando hacia el lugar por donde acababa de desaparecer el sol y cogió la botella de vino del suelo terminándola de un largo trago.

—¿Cómo ha dicho?

—Una tarde de otoño, era una tarde de otoño igual que esta —prosiguió ensimismado, ajeno a lo que yo había dicho—, estábamos aquí sentados, aquí mismo... Yolanda, Miguel y yo, y la era..., entonces éramos tan amigos los tres, todo nos salía tan bien... Nos sentamos y extendimos las colchonetas, sacamos la comida y entonces vimos el destello, una luz verde nos bañó durante un instante, iluminó el pelo castaño de Yolanda y la nariz rota de Miguel y nos miramos los tres un poco asustados. La llanura se tiñó de verde esmeralda, como si alguien hubiera sacado una foto desde el cielo con un flash muy grande...

—¿Una luz verde, dice? ¿Cómo que una luz verde...? —le interrumpí sorprendido ante lo que me contaba—. Nunca he visto una luz así en el pueblo.

—¡Una luz verde, sí, tan brillante y tan verde como una esmeralda...! —insistió el hombre, con exaltación, hasta con una cierta violencia; me di cuenta que no esperaba que le creyera, que tan sólo quería contar lo que le había ocurrido allí. Esperé, aunque ahora con algo de inquietud, temiendo que me largara un rollo espiritista o cosa parecida—. Y tan nítida que, cuando desapareció, todo nos pareció oscuro y mísero a nuestro alrededor. Hablamos y hablamos sobre la luz y aquella noche no éramos de dormir, excitados por el destello, no..., destello no, por el rayo verde que nos había iluminado. Paseamos después entre las ruinas... Yolanda decía que era algo sobrenatural y Miguel se reía de ella repitiendo que exageraba, que debía existir alguna explicación. Pero yo estaba de acuerdo con Yolanda, me pareció que el rayo nos había cambiado, nos había transformado en alguien diferente. Yolanda me miraba embelesada, arrebatada por que estuviéramos viéndonos de verdad por primera vez, ¿sabe usted lo que es ver de verdad a una mujer? Es un regalo del cielo, es la promesa de la victoria sobre la muerte, es abrir la puerta del paraíso perdido...

¿Un rayo verde? ¿De qué coño hablaba? En mi vida había oído hablar de algo parecido. Un rayo verde y además en un día claro. Imposible. Empecé a convencerme de que el hombre estaba un poco loco, bueno yo estoy también un poco para allá, según me han dicho siempre, pero no ando por ahí viendo luces en el cielo. Seguro que estaban pasados y vieron una luz verde como podían haber visto marcianitos con antenas. Me mantuve en silencio, esperando a que terminara la extraña historia.

—Seguro que piensa que estoy loco. O borracho, ¿verdad? —denegué instintivamente la pregunta con la cabeza—, pero el rayo verde existe, aunque digan que es imposible verlo aquí. Hay algo especial en este lugar... —miré involuntariamente a mi alrededor y no sentí nada del otro jueves: la era estaba casi completamente a oscuras y muchas estrellas habían aparecido ya en el cielo, pero nada más—, algo que lo atrae, estoy seguro, quizás los recuerdos destruidos entre los muros; o la soledad de la iglesia o, tal vez, los pupitres abandonados de la escuela o el viejo cementerio con las lápidas rotas... Sí, el rayo verde existe y volverá a iluminarme cualquier día de estos, lo presiento, como aquella tarde y Yolanda volverá de nuevo y entonces...

La voz se le quebró. Así que era eso, una cuestión sentimental. Bueno, yo también sabía del tema, a mí también me habían abandonado unas cuantas veces. Sentí entonces una cierta camaradería con él, una instintiva identificación con lo que debería estar sintiendo. Con la poca luz que ya quedaba no podía verle bien la cara pero prendió un cigarrillo y la breve luz del mechero la iluminó durante un instante. Juraría que estaba a punto de llorar. Fumó un par de caladas e hizo un gesto de despedida con la mano. No me molestó que se fuera sin decir nada: algo he aprendido durante estos últimos cuatro años sobre las palabras que encierran los silencios.

 

 

El hombre se dejó el macuto en la era y ya no pude devolvérselo pues no regresó jamás. Llegaron a Serracín el invierno, y las nevadas y los fríos, y el macuto seguía donde lo dejé después de recogerlo aquel día, junto a la chimenea. No me había atrevido a abrirlo pero me decidí por fin a hacerlo una noche de principios de febrero, en que se me murieron dos ovejas y acababa de enterrarlas detrás del cementerio. Algo de vergüenza me dio al hacerlo, es cierto, pero estaba seguro de que él ya no volvería, incluso es posible que lo hubiera dejado en la era deliberadamente, pensé mientras lo abría. Dentro había un jersey fino, el sacacorchos con que abrió la botella de vino que bebimos juntos, unas medias de lana y una cartera de cuero negro con una « mayúscula grabada de color dorado que tenía dentro la foto en blanco y negro de un hombre joven, de pelo liso y muy negro, con la nariz partida, que miraba hacia la izquierda con gesto fruncido, preocupado, a algo o alguien; la otra parte de la fotografía estaba rasgada y todavía se podía apreciar cómo habían doblado el papel para hacerlo. Seguro que en la otra parte estaría la imagen de Yolanda, pensé.

 

Subo a la era las tardes claras y despejadas y me acuerdo siempre del hombre al que, por cierto, nunca le pregunté cómo se llamaba y él tampoco me lo dijo. El hombre del bigote rosado le llamaré de ahora en adelante. Y pienso en la historia del rayo verde. Con el paso de mi solitario tiempo he empezado a creer que el rayo existe, que tendré la suerte de verlo cualquier atardecer y que su luz me hará comprender lo que significa ver de verdad a una mujer. Serracín ha comenzado a poblarse de nuevo y cualquier día de estos volveremos a tener electricidad y teléfono y reconstruirán las casas. No puedo faltar ni un sólo día a mi cita con la era, pues los recuerdos están volviendo y arreglarán la iglesia, la escuela y el cementerio y entonces el rayo, estoy seguro, desaparecerá para siempre.

 

 

 

Pedro M. Martínez Corada © (2002)
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