cabecera 
Relatos

 

EL ORIGEN DEL CUBISMO

 

 

No perdamos la perspectiva, yo ya estoy harta de decirlo, es lo único importante. Doña Rosa va y viene por entre las mesas del café de la Carrer d´Avinyó, en pleno casco antiguo de Barcelona, sin poder evitar las conversaciones de los clientes. La afirmación provenía de una mesa donde departían animadamente cinco mujeres; al principio –todo hay que decirlo- estuvieron acompañadas por dos hombres: un estudiante que portaba una calavera y un marino que, de súbito, las abandonaron. Frente a ellas, un malagueño un tanto bohemio y afrancesado las observaba fijamente. Ajenas a todo –o quizás no- con una frescura inusual -plenamente liberadas- no paraban de posar en innumerables posturas, obsesionadas con la perspectiva. Agitaban tras de si, cual cortinajes, tres pañuelos monocromados: uno rojo, a la izquierda, blanco en el centro y azulado a la derecha. Enloquecidas, dándose órdenes contradictorias, provocaban en su divertimento algunos escorzos que mostraban al inmóvil espectador una contemplación completa. Dos de ellas se colocaron unas máscaras africanas. Otra decía llamarse Fernandina y todas reían. La penúltima se sentó, fue la única, mientras que la de la izquierda seguía empecinada en mostrarse egipcia, pero con rasgos ibéricos. Fernandina decía ahora ser una diosa; ¡pues yo también! –le dijo la de al lado, subiendo los brazos a la altura de la cabeza, enseñando las axilas y escondiendo sus manos en la nuca para apuntar con los codos al techo-. ¡Qué cuadro! ¡Si parece una parte de “El Quinto Sello” del genial Theotokópoulos! –profirió el malagueño, al examinarlas tras sus gafas rotas, imaginándolas desnudas y dando gracias a su amigo Zuloaga.

 

 

Aviso legal | © Aniceto Valverde Conesa. Cartagena. España. 2007