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EL RELOJ DE LA ESTACIÓN MARCA LA DESHORA

Lo que voy a contar es un producto más de mi imaginación. No tiene ninguna trascendencia práctica hoy en día en que todo el mundo, se puede decir, usa y se fía de su reloj de muñeca y de otros indicadores como los relojes-termómetros del mobiliario urbano. Y en la plaza de Bastarreche hay uno bien hermoso que funciona, creo, a la perfección.

El tiempo lo gobierna todo, incluso diríamos que nos esclaviza. Para viajar en transporte público todavía se nota más ese poder ya que debe haber una hora fijada para la salida y otra para el regreso, salvando los posibles retrasos por cualesquiera motivos.

No sé si se han fijado alguna vez: el reloj de la estación de autobuses nunca marca la hora correcta (De hecho la foto está tomada a las cinco menos cuarto de la tarde de un día y él marca casi las doce). Y esto hubo un día (insisto en que en mi imaginación) en que esa máquina del tiempo se hizo dueña de los paneles indicativos de las llegadas y salidas que hay en el interior y de a propia voz femenina que, después de una melodía destinada a llamar la atención del viajero o de la familia que lo espera, anuncia la partida del autobús o su regreso o llegada. Mientras las distintas compañías consignatarias o concesionarias de las muchas líneas que llegan o parten de nuestra ciudad, seguían expidiendo los billetes conforme al horario oficial, el impertérrito reloj seguía gobernando el tráfico a su modo, nunca mejor dicho, des(h)orientado.

A todo esto uno llegaba, por ejemplo, en el autobús de Granada que suele arribar a su ‘dársena’ de la Estación sobre las siete de la tarde. Pero como el reloj que culmina la edificación en ese ojo de faro iluminatorio del viajero, se empeñaba en que eran las cuatro y media tan sólo (y menos mal que como había luz solar no se podía confundir con las de la madrugada), el chófer tuvo que esperar a entrar y darnos una serie de vueltas turísticas por la milenaria ciudad. Algunos otros viajeros procedentes de otros destinos tuvieron mejor suerte y, mientras podían arribar o no y descargar sus equipajes, pudieron disfrutar de algunas de las recientes profesiones de Semana Santa. Los familiares o amigos que les esperaban no sufrieron ansiedad alguna. En el interior gobernaba el tiempo del desfasado reloj y sus peculiares anuncios de salidas y llegadas. Y aún así, esta invención que hacemos jugando con el tiempo, no hubiera provocado ni la milésima perturbación a los viajeros y demás que la que éstos suelen sufrir en los aeropuertos algunas veces.


Pero, por otra parte, estaban los que debían partir desde la ciudad hacia otros lugares. Unos perdieron con asombro su autobús aun cuando, como solemos hacer más cuanto más avanzamos en edad, teóricamente habían llegado con mucha anticipación y obtenido sus billetes correctamente: el reloj había ordenado al vehículo que partiera de inmediato al cumplir su peculiar hora. A otros les pasó lo contrario y tuvieron que esperar y puede que dormitar algo en la Estación. Y luego llegaron ni sabe cuándo a sus destinos más o menos remotos. ¿Qué pasará el sábado que viene en que tengamos que atrasar el tiempo y quitarnos una hora de sueño?
Uno también llega tarde y esto es una invención que ruego no me tomen a mal. Pero ¿podría alguien poner en hora el reloj de la Estación de Autobuses?


 

AVC

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